LA TIERRA NOCTURNA
Una historia de amor
por
WILLIAM HOPE HODGSON
Traducido por: Frater
Lucis FIDUCIUS
"Esto será el Amor, que su espíritu viva en santidad natural con el del Amado, y que sus cuerpos sean una dulce y natural delicia que nunca pierda su amoroso misterio. . .. Y se avergüence de no haber nacido, y todas las cosas serán completas y apropiadas, más allá de la absoluta grandeza del entendimiento; y el Hombre será un Héroe y un Niño frente a la Mujer; y la Mujer será una Luz Santa del Espíritu y una Completa Compañía y a la vez una agradable Posesión para el Hombre. .. Y esto será el Amor Humano. . . ."
". . . Pues esta será la especial gloria del Amor, que te llevará hacia toda Bondad y Grandeza , y que será un fuego consumiendo toda Pequeñez; de modo que haga que todo en este mundo tenga que encontrar al Amado, entonces todo Desenfreno habrá muerto, y habrá de crecer la Alegría y la caridad, danzando a través de los años."
Capítulo 3: LA LLAMADA SILENCIOSA
Capítulo 4: EL SILENCIO DE LA VOZ
Capítulo 5: EN LA TIERRA DE LA NOCHE
Capítulo 6: LA FORMA EN QUE PARTÍ
Capítulo 7: LA TIERRA NOCTURNA
Capítulo 8: BAJANDO LA PODEROSA CUESTA
Capítulo 9: LA OSCURA PIRÁMIDE
Capítulo 10: LA DONCELLA DE LOS DIAS ANTIGUOS
Capitulo 11: EL CAMINO DE REGRESO A CASA
Capitulo 12: BAJANDO DEL DESFILADERO
Capitulo 13: RUMBO A CASA POR LA COSTA
Capítulo 15: PASANDO LA CASA DEL SILENCIO
Capitulo 16: EN LA COMARCA DEL SILENCIO
Capitulo 17: LOS DIAS DEL AMOR
CAPÍTULO I
"Y yo no puedo tocar su rostro
Y yo no puedo tocar su
cabello,
Y me arrodillo en sombras
vacías--
Sólo recuerdos
de su gracia;
Y su voz canta en los
vientos
Y en los sollozos del
amanecer
Y entre las flores de
la noche
y desde los arroyuelos
cuando sale el sol
y desde el mar al ocaso,
y respondo con vanas llamadas
. . .
. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . ."
Fue el Gozo del Ocaso lo que nos llevó a conversar. Fue un largo viaje desde mi casa, caminando de manera solitaria, deteniéndome cada vez que veía asomar las almenas de las Murallas del Atardecer, mientras miraba a la querida y extraña reunión del Crepúsculo abalanzándose sobre todo el mundo a mi alrededor.
La última vez que me detuve, me sentí verdaderamente perdido al gozar de la solemne Gloria del Anochecer; y puede ser que hasta me reí un poco, estando allí solo, en medio de la Oscuridad que rodea el Mundo. Y, ¡Oh! mi satisfacción fue respondida de entre los árboles que rodeaban el camino vecinal a mi derecha; y fue como si alguien hubiera dicho: "¡Y tú también!" en agradable entendimiento, de modo que yo reí nuevamente un poco; como si yo creyera solamente a medias que ninguna verdadera criatura humana podría contestar mi risa; sino mas bien alguna dulce Ilusión o Espíritu que se hubiese entonado con mi ánimo.
Pero ella habló y me llamó por mi nombre; y cuando fui al lado del camino, es que pude ver algo de ella, y descubrí que ya la conocía , al ver que ella era seguramente esa dama, quien por su belleza fuera conocida en todo el afable Condado de Kent como Lady Mirdath la Hermosa; y era una vecina cercana mía; pues la Comarca de su Guardián lindaba con los míos.
Así es que, hasta ese momento, nunca me había encontrado con ella; pues yo había estado muy lejos y fuera del país; y había estado tan dedicado a mis Estudios y a mis Ejercicios cuando estaba en casa, que no había tenido mayor conocimiento de ella más que los rumores que habían llegado a mí hacía tiempo; y por lo demás, yo estaba bien contento; pues como se me había insinuado, mis libros lo confirmaban y asimismo mis Ejercicios; pues yo siempre fui un atleta, y nunca encontré un hombre tan rápido o tan fuerte como yo podía serlo; excepto en la ficción de un cuento o en la boca de un fanfarrón.
Después de esto, me quedé
instantáneamente con mi sombrero en la mano;
y contesté su gentil saludo
tan bien como pude, mientras intentaba verla y admirarla a través
de la oscuridad; pues verdaderamente los rumores no habían mentido
al hablar de la belleza de esta extraña doncella; quien ahora permanecía
chanceándose con tan dulce espíritu, y alegando el parentesco
de ser Prima mía, como lo era en verdad, y que recién entonces
me di cuenta al pensarlo.
Y verdaderamente, ella no hizo alharaca; sino que me llamó francamente por mi nombre de mozo, se rió y me pidió que la llame por su nombre Mirdath, y nada más o nada menos, en ese momento. Y ella me propuso entonces subir a través del vallado de zarzas, y hacer uso de un resquicio que era su propio especial secreto, como ella me confesó, cuando ella solía salir con su doncella hacia alguna campiña festiva, vestidas como mozas del pueblo; pero no para seducir a los hombres, como osara creer.
Y yo la acompañé a través de la abertura en el vallado y permanecí cerca de ella; y me había parecido que ella era muy alta, cuando la miré; y alta era, en verdad ; pues realmente yo era bastante alto. Y ella me invitó entonces a caminar con ella hacia su Casa, para que conozca a su Guardián y así poder dar testimonio de mi pena por haber pasado tanto tiempo sin haberlos llamado; y verdaderamente sus ojos brillaron con agravio y delicia, cuando me señaló mi falta de consideración.
Pero en verdad, se puso seria en un momento, y me hizo señas con el dedo para que me callara, como si ella escuchara algo en el bosque , como si algo hubiera estado en todo el camino sobre la derecha. Y, en verdad, algo escuché también; pues hubo seguramente un crujir de hojas, y un sonido a rama quebrada claro y agudo en el silencio.
E inmediatamente aparecieron tres hombres saliendo del bosque que corrieron hacia mí; y yo les conminé bruscamente a que se mantuviesen alejados o se atuviesen a las consecuencias; y puse a la doncella detrás mío con mi mano izquierda, y tomé mi garrote de roble listo para usar.
Pero los tres hombres no me respondieron; sino que corrieron hacia mí; y vi algo parecido al brillo de los cuchillos; y en un momento, me moví muy contento y vivaz para el ataque; y detrás mío hubo un dulce y chillón sonido, la llamada de un silbato de plata; pues la Doncella estaba silbando a sus perros; y tal vez la llamada fue también una señal a los sirvientes de su casa.
Así que, verdaderamente, no tenía utilidad alguna esperar ayuda por venir; pues la necesidad era en ese momento y en ese instante; y yo no quería ser de ninguna manera renuente a usar mi fuerza delante de mi dulce prima. Y salté hacia adelante, enérgicamente, como él dijo; y golpeé con mi garrote el cuerpo del hombre que avanzaba por la izquierda, de modo que se derrumbó como un hombre muerto. Y golpeé muy rudamente la cabeza del otro, y seguramente se la quebré; pues cayó instantáneamente al suelo; pero el tercer hombre se encontró con mi puño, y no tuvo necesidad de un segundo golpe; pues fue al instante a unirse con sus compañeros, y la lucha tuvo que terminar así antes que hubiere propiamente comenzado, y me reí un poco con orgullo de mí mismo, al darme cuenta del desconcierto que percibí en la forma que Lady Mirdath, mi prima, se paró y me observó a través de la penumbra y aun del silencio reinante.
Pero en verdad, no nos quedó mucho más tiempo , antes que viniesen y nos rodeasen, tres grandes perros cazadores de jabalíes , que habían respondido a su silbato; y ella tuvo que esforzarse para mantener alejados de mí a esas bestias; y luego tuve yo que golpearlos para alejarlos de los hombres caídos en la tierra, para que no los destrozaran en el piso. Y, directamente, hubo un ruido de hombres gritando, y la luz de linternas en la noche, y los sirvientes de la casa vinieron corriendo con linternas y garrotes; y yo no sabía si me atacarían o no, en un primer momento, como sucedió con los perros; pero cuando ellos vieron los hombres en el suelo, y supieron mi nombre y me vieron bien, ellos mantuvieron su buena distancia y no me faltaron el respeto; pero, en verdad, mi dulce prima era quien tenía el mayor de todos; únicamente que ella no mostró ningún intento de tomar distancia de mí; sino que tuvo un nuevo y más profundo sentimiento de afinidad que el que había mostrado al principio.
Y los sirvientes preguntaron qué debería hacerse con los salteadores de caminos; viendo que ellos se estaban recuperando. Pero, en verdad, me despreocupé, dejándoles algo de plata a los sirvientes; y una verdadera justicia aplicaron a los hombres; pues escuché sus gritos un buen tiempo luego que nos fuéramos.
Ahora, cuando fuimos a su Mansión, mi prima me presentó a su Guardián, Sir Alfred Jarles, un anciano venerable que yo conocía un poco al pasar y porque nuestras Comarcas limitaban. Y ella me alabó delante mío, con bastante vehemencia; y el anciano, su Guardián, me agradeció de la manera más honorable y con extrema cortesía; de modo que yo fui un amigo de la casa bienvenido desde ese momento en adelante.
Y permanecí toda esa tarde, y comí, y luego salimos nuevamente hacia los alrededores de la casa con Lady Mirdath; y ella se mostró más amistosa hacia mí como ninguna otra mujer lo había sido; y me pareció como si ella me conociera siempre.
Y, verdaderamente, yo tenía el mismo sentimiento en mi corazón hacia ella; pues fue, de algún modo, como si conociéramos cada uno las maneras y formas del otro, y tenía una constante delicia de encontrar esta cosa y aquella otra en común; pero no fue una sorpresa; sino que sentí un verdadero placer en tan natural descubrimiento.
Y una cosa hubo que percibí que observó Lady Mirdath durante toda esa querida noche; y esta fue, en verdad, la forma en que me comporté tan fácilmente con los tres salteadores de caminos. Y ella me preguntó llanamente si yo era verdaderamente muy fuerte; y cuando reí con joven y natural orgullo , ella tomó mi brazo súbitamente para descubrir por sí misma cuan fuerte podía ser. Y, seguramente, ella lo soltó aun de forma más repentina, y con un pequeño sonido de asombro, porque era tan grande y duro. Y luego, ella se comportó conmigo muy silenciosa, con apariencia pensativa; pero ella ya no se apartó mucho de mí.
Y, verdaderamente, si Lady Mirdath sentía un extraño asombro por mi fuerza, yo tenía del mismo modo un asombro constante y maravilloso por su belleza, que había mostrado de la manera más amorosa a la luz de las velas en la cena.
Pero habría de haber mayores deleites para mí los días siguientes; pues yo me sentía feliz por la forma en que ella se complacía con el Misterio del Atardecer y el Encanto de la Noche, y el Gozo del Amanecer, y todas las demás cosas parecidas.
Y una tarde, que siempre recordaré, mientras vagábamos en los parques, ella comenzó a decir--como al descuido--que era verdaderamente una noche de duendes. Y ella se detuvo inmediatamente; como si ella pensara que yo no había comprendido; pero, en verdad, yo estaba en mi propia tierra familiar de interior delicia; y respondí en voz baja y suave, que las Torres del Sueño crecerían esa noche, y sentiría en mis huesos que esa era una noche para encontrar la Tumba del Gigante, o el Árbol con la Gran Cabeza Pintada, o-- y seguramente me detuve muy súbitamente; pues ella me sujetó en ese momento, y su mano se sacudió cuando ella me sostuvo; pero cuando le pregunté qué la afligía, ella me impulsó, sin aliento, a continuar hablando. Y, con una comprensión a medias, le dije a ella que yo había querido hablar del Jardín de la Luna, que era una antigua y feliz fantasía mía.
Y, en verdad, cuando dije eso, Lady Mirdath gritó algo en una extraña voz baja, y me llevó a detenerme, para que ella pudiera enfrentarme. Y ella me preguntó muy sinceramente; y Ie respondí tan sinceramente como ella; pues me había puesto súbitamente tan excitado, pues percibí que ella sabía también.
Y, en verdad, ella me dijo que tenía conocimiento; pero que había pensado que ella estaba sola en el mundo con su conocimiento de esa extraña tierra de sus sueños; para encontrar ahora que yo también había viajado en esas queridas, extrañas tierras de sueños. Y verdaderamente maravilloso era eso, maravilloso! Como ella decía una y otra vez. Y de nuevo, mientras caminábamos, ella me dijo que se había sentido urgida a llamarme esa noche, cuando ella me vio detener sobre el camino; aunque, en verdad, ella sabía de nuestro parentesco como primos desde antes, habiéndome visto cabalgar con frecuencia, y que preguntó sobre mí; y que se sintió primorosamente fastidiada que yo tuviera tan poca atención por Lady Mirdath la Hermosa. Pero en verdad, yo estaba enfrascado en otros asuntos; lo cual había sido bastante humano, lo que me impidió encontrarme con ella antes que la viera.
Ahora no se debe pensar que yo no estaba totalmente perturbado por lo maravilloso de esta cosa, que tuviéramos ambos un soñador conocimiento de las mismas cosas, de las cuales cada uno había pensado que ningún otro conocía. Con todo, cuando pregunté más, había mucho que había estado en mis fantasías que era extraño para ella, y del mismo modo mucho que había sido familiar para ella, pero que no tenía significado para mí. Pero aun cuando hubo esto, que traería un poco de pena a nosotros, habría, repetidamente, alguna cosa nueva que uno dijo, que el otro sabía y que podría terminar diciéndolo, para contento y asombro de ambos.
Y así nos verían vagando y manteniendo una charla constante, de modo que, hora tras hora, creceríamos alegremente en querido conocimiento y dulce amistad del otro.
Y verdaderamente, cómo pasó el tiempo, no lo sé; pero hubo luego una convulsión, y los gritos de voces de hombres y el ladrido de los perros, y luces de linternas, de modo que yo no sabía qué pensar; hasta que, muy rápido, y con una dulce y extraña risita, Lady Mirdath percibió que habíamos pasado las horas atrapados en nuestra conversación; de modo que su Guardián (incomodado por los tres salteadores de caminos) había ordenado una búsqueda. Y nosotros en todo ese tiempo estuvimos juntos en feliz despreocupación.
Y regresamos a casa, entonces, y caminamos hacia las luces; pero en verdad, los perros nos hallaron antes que fuéramos allí; y ellos habían aprendido a conocerme ahora, y saltaron alrededor mío, ladrando muy amistosamente; y así en un minuto los hombres nos habían descubierto, y regresaron a decirle a Sir Jarles que todo estaba bien.
Y esta fue la manera de nuestro encuentro y el crecimiento de nuestra relación, y el principio de mi gran amor por Mirdath la Hermosa.
Ahora, desde ese momento en adelante, tarde tras tarde haría un vagar a lo largo del silencioso camino provincial que conducía desde mi propiedad a la propiedad de Sir Jarles. Y siempre fui interiormente por la abertura del seto; y a menudo encontraría a Lady Mirdath caminando en esa parte de los bosques; pero siempre con sus grandes perros cazadores de jabalíes alrededor de ella; pues había suplicado que ella hiciera esto para su dulce seguridad; y ella parecía deseosa en complacerme; pero en verdad para ser justo muy a menudo se mostraba muy obstinada en diversos asuntos; y solía mortificarme, como si ella quisiera descubrir cuanto aguantaría yo y hasta donde podría ella encolerizarme.
Y, verdaderamente, bien recuerdo cómo fue que una noche, yendo hacia la abertura del seto, que vi dos aldeanas saliendo de los bosques de Sir Jarles ; pero ellas eran desconocidas para mí, y hubiera ido hacia arriba a través de la abertura, como siempre; únicamente que, cuando ellas pasaron al lado mío, me hicieron una reverencia demasiado exuberante como para ser unas rudas mozas. Y tuve un pensamiento súbito, y fui hacia ellas para verlas más claramente; y verdaderamente pensé que la más alta era seguramente Lady Mirdath. Pero en verdad, no pude asegurarme; pues cuando pregunté quién era ella, únicamente sonrió tontamente e hizo una reverencia otra vez; y así fue que todo quedó naturalmente en duda; pero aun así cuestionándome lo suficiente (teniendo algún conocimiento de Lady Mirdath) como para seguir a las mozas, lo cual hice.
Y ellas entonces se marcharon muy rápido y cuidadosamente, como si yo fuera algún tipo de salteador solitario al cual hicieran bien en temer al anochecer; y así llegamos al final a la villa del pueblo, donde un gran baile se estaba realizando, con antorchas, y con un maravilloso violinista para dar el tono; y cerveza en abundancia.
Y las dos se unieron a la danza, y danzaron muy alegremente; pero solo se tenían a sí mismas como compañero de baile, y tenían buen cuidado de evitar las antorchas. Y por esto, estaba bastante seguro que ellas eran verdaderamente Lady Mirdath y su sirvienta; y así tuve la oportunidad cuando ellas habían bailado cerca mío, de acercarme a ellas, y pedir atrevidamente por un baile. Pero en verdad, la más alta respondió, sonriendo, que ella estaba prometida; e inmediatamente dio su mano a un gran tosco y rudo granjero, y fue a bailar al césped con él; y buen castigo tuvo ella por su obstinación ; pues ella tuvo que ejercer toda su destreza para salvar sus pies de un grosero pisotón de su compañero; y muy contenta estuvo ella de que terminase la danza.
Y supe ahora con certeza que era Mirdath la Hermosa, a pesar de su plan de camuflaje, y la oscuridad y el vestido de moza y el calzado tan grande que usaba. Y crucé hacia ella, y la llamé, susurrando, por su nombre; y le dije de lo poco apropiado que era haber venido, y quise llevarla a su casa. Pero ella se separó de mí, y afirmando sus pies, fue otra vez con el rústico; y cuando ella sufrió otra danza con él, ella le pidió ser su acompañante una parte del camino; a lo cual él no se negó.
Y otro muchacho, que era compañero de él, fue del mismo modo; y en un momento, tan pronto como ellos se hubieran ido de la luz de las antorchas, los rústicos labriegos pusieron sus brazos alrededor de las cinturas de las dos mozas, sin saber a quien tenían por compañías. Y Lady Mirdath no fue capaz de soportarlo, y gritó en súbito temor y disgusto, y golpeó al rústico que la abrazaba, tan fuerte que él se aflojó un instante, gritando maldiciones.
Pero este hombre regresó hacia ella otra vez, y la aferró en un momento, para besarla; y ella, negándose hasta la misma muerte, lo golpeó locamente en el rostro con sus manos; y esto no hubiera terminado, únicamente que yo estaba cerca de ellos. Y, en ese momento, ella gritó mi nombre en voz alta; y agarré al pobre rústico y lo golpeé una vez, pero no para lastimarlo en demasía; sino para darle un gran recuerdo de mí; y luego lo arrojé al lado del camino. Pero el segundo mozo, habiendo escuchado mi nombre, se apartó de la cansada doncella, y corrió por su vida; pues, en verdad, mi fuerza era conocida en todos esos alrededores.
Y agarré a Mirdath la Hermosa por sus hombros, y la sacudí fuertemente en mi cólera. Y luego, envié a la doncella adelante; y ella, no habiendo recibido orden de su Ama para que se quedara, se alejó un poco; y en esta forma llegamos finalmente a la abertura del seto, con Lady Mirdath muy silenciosa; pero aun así caminando cerca mío, como si ella tuviera algún secreto placer de mi cercanía. Y la conduje a través de la abertura, y así de regreso a casa a la Mansión; y nos dijimos buenas noches al lado de la puerta de la que ella tenía la llave. Y, verdaderamente, ella me deseó buenas noches en una voz extremadamente calma; y fue casi como si ella no tuviera prisa de alejarse de mí esa noche.
Entonces, cuando la encontré en la mañana, estaba ella llena de una insolencia constante hacia mí; de modo que, estando a solas conmigo, cuando el crepúsculo vino, le pregunté porqué ella nunca me había comentado de su capricho; porque estaba dolido de no tener su compañía; y, en vez de eso, ella negaba la mía. Y, así, estuvo ella a la vez muy gentil; y llena de dulce y cálida comprensión; y seguramente sabía que yo deseaba descansar; pues ella trajo su arpa, y me tocó antiguas y queridas melodías de nuestros días de la niñez toda esa tarde; y así fue mi amor por ella lo más atento y feliz.
Y ella me vio esa noche en la abertura del seto, teniendo sus tres grandes perros cazadores de jabalíes consigo, para acompañarla a su casa otra vez. Pero en verdad, la seguí después, con mucho silencio, hasta que yo la vi segura en la Mansión; pues no la dejaría sola en la noche; aunque ella creyera que yo estaba lejos en el camino. Y mientras ella caminaba con sus perros, uno u otro retrocedía hacia mí, para olfatearme de manera amistosa; pero yo los enviaba de regreso otra vez con mucho silencio; y ella no tenía conocimiento de nada; pues ella iba cantando una canción de amor quietamente todo el camino de regreso a casa. Pero si ella me amaba, no podría decirlo; aunque ella sentía un tierno afecto por mi.
Ahora, a la tarde siguiente, fui algo temprano a la abertura del vallado; y Oh! quien estaría de pie en la abertura, hablando con Lady Mirdath; sino un hombre muy bien vestido, que tenía aspecto de ser de la Corte alrededor de él; y él, cuando me aproximé, no me dio lugar a través de la abertura; sino que se quedó firme, y me miró muy insolentemente; de modo que extendí mi mano, y lo aparté de mi camino.
Y Oh! Lady Mirdath me propinó un amargo discurso que me dio un inmenso dolor y asombro; de modo que estuve seguro en un momento que ella no sentía verdadero amor por mí, o ella nunca se hubiera conducido así para avergonzarme frente al extraño, y me llamó grosero y brutal con un hombre más pequeño. Y, en verdad, ya se darán cuenta cómo estaba en mi corazón en ese momento.
Y yo vi que había algo de justicia en lo que Lady Mirdath dijo; pero aun así podría el hombre haber mostrado un mejor espíritu; y además Mirdath la Hermosa no tendría que haberme avergonzado, a su verdadero amigo y primo, delante de este extraño. Entonces no me detuve a discutir; sino que me incliné profundamente ante Lady Mirdath; y luego me incliné un poco hacia el hombre y pedí disculpas; pues, en verdad, él no era grande ni de contextura poderosa; y hubiera sido mejor haber mostrado cortesía hacia él; al menos al principio.
Y así, habiendo hecho justicia a mi propio respeto, me volví y me fui, dejándolos en su felicidad.
Ahora, caminé entonces, tal vez veinte buenas millas, antes de llegar a mi propia casa; pues no tuve descanso toda esa noche, o más, porque yo había caído mortalmente herido de amor por Mirdath la Hermosa; y todo mi espíritu y corazón y mi cuerpo sufría con la horrible pérdida que había aparecido tan súbitamente.
Y durante una semana completa hice mis caminatas en otra dirección; pero al final de esa semana, tuve que dirigirme en la dirección del antiguo camino, de modo que podría tener oportunidad de tener quizás una vista de Mi Lady. Y, verdaderamente, tuve toda la vista que hombre alguno necesitara para ponerlo en horrible dolor y celos; pues, verdaderamente, cuando estuve a la vista de la abertura, estaba Lady Mirdath caminando justo en las afueras de los límites del gran bosque; y cerca de ella caminaba el bien vestido hombre de la Corte, y ella apoyaba su brazo alrededor de él, de modo que supe que ellos eran amantes; pues Lady Mirdath no tenía hermanos ni ningún otro pariente joven.
Entonces, cuando Mirdath me vio en el camino, ella se avergonzó en un momento de haber sido así sorprendida; pero ella apartó el brazo de su amado de alrededor de ella, y se inclinó hacia mí, un poco cambiada de color en el rostro; y yo me incliné profundamente--siendo yo mismo un joven--; y así me fui, con mi corazón muerto en mí. Y cuando me iba, yo vi que su amante fue otra vez hacia ella, y puso su brazo una vez más alrededor de ella; y así, tal vez ellos me miraron por detrás, cuando me iba muy rígido y desesperado; pero, en verdad, no volteé hacia ellos, como uno podría pensar.
Y por un mes entero, no me acerqué a la abertura del vallado; pues mi amor se enfurecía en mí, y estaba herido en mi orgullo; y, verdaderamente, ni tenía ningún propósito valedero para acercarme a Lady Mirdath.
Entonces en ese mes, mi amor fue un fermento en mí, y creció lentamente una bondad y una ternura y un entendimiento que no existía en mí antes; y verdaderamente Amor y Dolor moldean el Carácter del Hombre.
Y al final de esa época, le di un poco de rumbo a mi vida, con un corazón comprensivo, y comencé de a poco a hacer mis caminatas otra vez pasando por la abertura; pero en verdad Mirdath la Hermosa nunca estuvo ante mi vista; aunque una tarde pensé que ella no debería estar muy lejos; porque uno de sus grandes perros cazadores de jabalíes salió del bosque, y bajó al camino para olfatearme , muy amistosamente, como un perro a menudo hacía conmigo.
Entonces, aunque esperé un buen rato luego que el perro me dejase, no vi señales de Mirdath, y así me fui otra vez, con mi corazón apesadumbrado; pero sin amargura, a causa de la comprensión que había comenzado a crecer en mi corazón.
Ahora, transcurrieron dos semanas largas y aburridas, en las que me enfermé sintiendo deseos de tener conocimiento de la bella doncella. Y, verdaderamente, al final de esa época, tomé una súbita resolución de que yo iría a través de la abertura, y llegaría a las tierras cercanas a la Mansión, y así tal vez tendría alguna visión de ella.
Y había resuelto eso una tarde; partí inmediatamente, y fui a la abertura del vallado, y pasé a través de la abertura, y así hice una larga caminata a los jardines cercanos a la Mansión. Y, verdaderamente, cuando estuve allí, yo vi una buena luz de linternas y antorchas, y una gran compañía de gente danzando; todos vestidos con trajes coloridos; de modo que supe que había una fiesta por alguna causa. Y me vino súbitamente un horrible temor en mi corazón que esta podría ser la fiesta nupcial de Lady Mirdath; pero, en verdad, esto era una tontería; pues yo habría seguramente oído del matrimonio, si hubiera habido alguno.
Y, verdaderamente, en un momento, recordé que ella cumplía veintiún años de edad ese día, y terminaba su pupilaje; y esto seguramente era un festival en honor del mismo.
Y una muy brillante y hermosa cosa fue de ver, excepto que tenía tanto pesar en el corazón con soledad y anhelo; pues la compañía era grande y alegre, y las luces a pleno y puestas todo alrededor de los árboles; y en árboles hechos de hojas alrededor del inmenso césped. Y una gran mesa cubierta con manjares y plata y cristal, y grandes lámparas de bronce y plata puestas por todo el césped; y la danza constante por otra parte.
Y seguramente, Lady Mirdath salió a danzar, muy amorosamente vestida; pareciendo entonces, a mis ojos, un poco pálida al resplandor de las luces. Y ella buscó una silla para descansar; y, en verdad, en un momento, hubo una docena de jóvenes de las grandes familias de los campos, que la asistieron, charlando y riendo, y cada uno estaba ansioso por recibir su favor; y ella se veía muy amorosa en medio de ellos, pero aun así, como yo pensaba, faltándole algo, y un poco pálida, como él dijo; y su mirada vagaba más allá del grupo de jóvenes alrededor de ella; de modo que yo comprendí en un momento que su amante no estaba allí, y ella sentía una carencia en el corazón por él. Entonces, por qué él no estaba allí, no podía suponerlo, excepto que hubiera sido llamado de regreso a la Corte.
Y, seguramente, mientras miraba a los otros hombres jóvenes cerca de ella, me encendí con un feroz y miserable celos de ellos; de modo que yo hubiera casi podido avanzar y arrastrarla de entre ellos, y hacerla caminar conmigo en los bosques, como en los viejos tiempos, cuando ella también parecía sentir algo de amor por mí. Pero verdaderamente, qué utilidad tendría esto? Porque no eran ellos quienes tenían su corazón, como yo vi claramente; pues yo lo vi, con un ardiente y solitario corazón, y sabía que era un pequeño hombre de la Corte que era amado por ella, como él dijo.
Y me fui otra vez entonces, y no anduve cerca de la abertura del vallado por tres meses enteros, porque yo no podía soportar el dolor de mi pérdida; pero al final de esa época, mi mismo dolor me urgió a ir, y era peor que el dolor de no ir; de modo que me hallé una tarde en la abertura, atisbando, muy ardiente y sacudido, a través del césped que hay entre la abertura y los bosques; pues este mismo lugar era como un sitio sagrado para mí; pues fue allí donde vi por primera vez a Mirdath la Hermosa, y seguramente le di mi corazón a ella en esa única noche.
Y mucho tiempo permanecí allí en la abertura, esperando y observando desesperanzadamente. Y Oh! Súbitamente vino algo contra mí, tocando mi muslo muy mansamente; y cuando miré hacia abajo, era uno de los perros cazadores de jabalíes, de modo que mi corazón se sobresaltó, casi aterrorizado; pues verdaderamente Mi Lady podía estar cerca, como yo pensaba.
Y, como lo esperaba, muy silencioso y observador; entonces con un terrible palpitar del corazón; seguramente escuché un débil y bajo cantar entre los árboles, demasiado triste. Y Oh! era Mirdath cantando una canción de amor dolido, y deambulando allí sola en la oscuridad, excepto por sus grandes perros.
Y escuché, con extraño dolor en mí, que ella hacía eso con dolor; y me dolía el poder brindarle alguna ayuda; entonces no me moví, sino que me quedé todavía allí en la abertura; excepto que mi ser estaba completamente perturbado.
Y en un momento, como escuché, apareció una delgada figura blanca de entre los árboles; y la figura gritó algo, y se produjo una pronta pausa, como podía ver en la semioscuridad. Y Oh! en ese momento, se produjo una súbita e irrazonable esperanza en mi; y salí de la abertura, y fui hacia Mirdath en un momento, llamando profundamente apasionado y ardiente: "Mirdath! Mirdath! Mirdath!"
Y esta vez fui hacia ella; y su gran perro estaba conmigo, saltando alrededor mío, pensando, tal vez, que era algún juego. Y cuando llegué al lado de Lady Mirdath, extendí mis manos hacia ella, no sabiendo lo que hacía; sino que únicamente hacía lo que mi dictaba mi corazón que necesitaba de ella tan intensamente, y que deseaba aliviarla de su dolor. Y Oh! ella extendió sus brazos hacia mí, y cayó en mis brazos apresuradamente. Y allí ella presagió, llorando extrañamente; pero aun así con poco descanso en ella; aun cuando este descanso viniera súbita y maravillosamente sobre mí.
Y de repente, ella se movió entre mis brazos, y deslizó sus manos hacia mí, con mucho cariño, y elevó sus labios hacia mí, como una dulce niña, para que la besara; pero, en verdad, ella era también una verdadera mujer, y en honesto y querido amor por mí.
Y esta fue la manera de nuestro compromiso matrimonial; y simple y callado fue; entonces suficiente, únicamente que no existe la suficiencia en el Amor.
Ahora, en un momento, ella se liberó por sí misma de mis brazos, y caminamos de regreso a casa a través de los bosques, muy en silencio, y tomados de las manos, como hacen los niños. Y entonces aproveché para preguntarle acerca del hombre de la Corte; y ella rió muy dulce en el silencio del bosque; pero no me respondió, excepto que esperase hasta que hubiéramos llegado a la Mansión.
Y cuando llegamos allí, ella me llevó a la gran sala, y me hizo un reverencia muy graciosa y descarada, burlándose de mí. Y así me hizo conocer a otra dama, sentada allí, en su tarea de bordado, que ella hacía con mucho recato, y como si ella también estuviera en una bonita travesura participando en ella.
Y verdaderamente, Lady Mirdath nunca tuvo una risa tan traviesa, que la hizo quedar amorosamente sin respiro con delicia, y convulsionarse un poco, y colocar sus manos temblorosas en su garganta; y con seguridad ella sacó dos grandes pistolas de un mueble para armas, con el objeto de pelear un duelo a muerte con la Dama del bordado, quien tenía su rostro vuelto hacia su labor, y se sacudía a causa de la malicia de su risa que ella no podía ocultar.
Y al final, la Dama del bordado me miró súbitamente a la cara; y entonces vi algo de la travesura en un momento; pues ella tenía el rostro del hombre del traje de la Corte , que había sido el amante de Mirdath.
Y Lady Mirdath me explicó entonces cómo esa Señorita Alison (que era su nombre) era una amiga íntima y querida, y ella fue la que se había vestido con el traje de la Corte para jugar una travesura por una apuesta con cierto joven que podría ser amado por ella. Y entonces aparecí yo, y fui rápido al ofenderme pues verdaderamente nunca vi su rostro descubierto, porque era tan terriblemente celoso. Y así Lady Mirdath había estado justificadamente en cólera más que lo que yo suponía, porque yo había puesto mis manos sobre su amiga, como él dijo.
Y esto fue todo, excepto que ellas habían planeado castigarme, y decidiendo encontrarse cada atardecer en la abertura, para jugar a los amantes, por si yo pasara, de modo que yo tuviera una mayor causa para mi celos, y verdaderamente ellas tuvieron una buena venganza sobre mí; pues yo sufrí mucho tiempo a causa de esto.
Entonces, como ustedes recuerdan, cuando fui hacia ellas, Lady Mirdath estaba medio arrepentida, lo que era muy natural, porque aun entonces sentía ella amor por mí, como yo por ella; y a causa de esto, ella se hizo a un lado, como ustedes recordarán, sintiéndose --como ella confesó-- súbita y extrañamente preocupada y me buscó; pero después cambió de parecer otra vez para mi castigo, porque me había inclinado tan fríamente y me había marchado. Y en verdad bien podría.
Entonces, verdaderamente, todo terminó bien ahora, y con un completo agradecimiento y con una loca delicia en el corazón; de modo que tomé a Mirdath, y danzamos muy lenta y señorialmente alrededor del gran salón, mientras que la Señorita Alison nos silbaba una melodía con su boca, que ella hacía muy bien, como otras muchas cosas, que sabía yo.
Y cada día y todo día posterior de esta alegría, Mirdath y yo nunca pudimos apartarnos; sino que iríamos a vagar siempre juntos, aquí y allí, en un gozo interminable de nuestra unión.
Y en miles de cosas coincidimos en delicia; pues teníamos ambos esa naturaleza que hace que el amor sea como el azul de la eternidad que se junta más allá de las alas de la salida del sol; y el sonido invisible de la luz de las estrellas derramándose sobre el mundo; y la quietud de grises atardeceres cuando las Torres del Sueño son levantadas hacia el misterio del crepúsculo; y el verde solemne de extrañas pasturas a la luz de la Luna; y el habla del sicómoro en la playa; y la lenta manera del mar cuando se muestra; y el suave murmullo de las nubes nocturnas. Y del mismo modo teníamos ojos para ver la Danza de la Salida del Sol, lanzando sus poderosos efluvios tan extraños; y oídos para escuchar aquello que sacude un silencioso trueno sobre la Faz del amanecer; y mucho más que sabíamos y veíamos y entendíamos juntos en nuestro extremo gozo.
Ahora, nos sucedió en esta época una cierta aventura que casi provocó la muerte de Mirdath la Hermosa; pues un día mientras vagábamos, como siempre, como dos niños complacidos, hice notar a Mirdath que había únicamente dos de los grandes perros cazadores de jabalíes con nosotros; y ella entonces me dijo que el tercero estaba en la perrera, enfermo.
Entonces, apenas ella me había dicho eso; ella gritó algo y señaló; y Oh! Yo vi que el tercer sabueso venía hacia nosotros a la carrera, entonces viéndoselo con una apariencia muy extraña. Y en un momento, Mirdath gritó que el sabueso estaba enloquecido; y verdaderamente, yo vi entonces que el bruto babeaba mientras venía corriendo.
Y en un momento estuvo sobre nosotros, y no hizo ruido alguno; sino que saltó sobre mí en un instante; todo antes que yo me hubiese dado cuenta de ello. Pero seguramente, Mi Bella Dama sentía un tremendo amor por mí, pues ella se lanzó sobre el perro, para salvarme, llamando a los otros sabuesos. Y fue mordida ella en un momento por el bruto, pues ella se esforzó en apartarlo de mí. Pero yo lo tomé al instante por el cuello y el cuerpo, y lo quebré, de modo que él murió al instante; y yo lo lancé contra el suelo, y le di ayuda a Mirdath, para quitarle el veneno de las heridas.
Y esto lo hice tan bien como pude, a pesar que ella hubiera querido detenerme. Y luego, la tomé en mis brazos, y corrí velozmente todo el largo y pesado trayecto a la Mansión, y con unos palillos candentes cautericé las heridas; de modo que cuando vino el médico, dijo que yo la había salvado por mis cuidados, si en verdad ella podía ser salvada. Pero verdaderamente, ella me había salvado de todos modos, como podría pensarse; de modo que nunca podría hacerle el honor suficiente a ella.
Y ella estaba muy pálida; pero aun así se rió de mis temores, y diciendo que ella pronto recuperaría la salud, y las heridas se curaron muy rápido; pero, en verdad, tuvo que pasar un largo y difícil tiempo antes que estuviesen apropiadamente curadas, y ella estuvo tan bien como siempre. Entonces, al tiempo, así fue; y me quité un tremendo peso de mi corazón.
Y cuando Mirdath estuvo repuesta por completo otra vez, fijamos nuestro día de bodas. Y bien recuerdo yo cómo estaba ella parada allí en su vestido de novia, ese día, tan espléndida y adorable como puede el Amor estar presente en el Amanecer de la Vida; y la belleza de sus ojos que tenían tal sobria bondad en ellos, a pesar de la querida travesura de su naturaleza; y la forma de sus pequeños pies, y la belleza de su cabello; y la bonita gracia campesina de sus movimientos; y su boca una tentación, como la de un niño y la de una mujer sonriendo al mismo tiempo en su rostro. Y esto no es apenas sino un indicio de la belleza de mi Bella Dama.
Y así nos casamos.
* * *
Mirdath, Mi Bella Dama, se está muriendo, y yo no tenía poder para hacer retroceder a la Muerte de tan temible intento. En otro cuarto, escucho el pequeño gemido del niño; y el gemido del niño hizo recobrar a mi esposa a esta vida, de modo que sus manos se agitaron blancas y desesperadamente sobre el cubrecama.
Me arrodillé al lado de mi Bella Dama, y tendí mis manos para tomar las suyas muy gentilmente con las mías; pero aún así se removieron con ansiedad; y ella me miró, en silencio; pero con sus ojos implorando.
Entonces salí del cuarto, llamé suavemente a la niñera; y la niñera trajo al niño, envuelto muy suavemente en un largo vestido blanco. Y yo vi los ojos de mi Bella Dama aclararse con una extraña, amorosa luz; y le hice señas a la niñera para que trajera cerca al bebe.
Mi esposa movió sus manos muy débilmente sobre el cubrecama, y yo supe que ella se esforzaba por tocar su niño; y yo le indiqué a la niñera, y tomé mi niño en mis brazos; y la niñera salió fuera del cuarto, y así nosotros tres quedamos solos.
Luego me senté muy gentil sobre la cama; y yo sostuve al niño cerca de Mi Bella Dama, de modo que la pequeñita mejilla del bebe tocara la blanca mejilla de mi esposa moribunda; pero sostuve el peso del niño lejos de ella.
Y en un momento, supe que Mirdath, Mi esposa, se esforzaba en silencio en alcanzar las manos del bebe; y yo acerqué el niño más hacia ella, y deslicé las manos del niño en las débiles manos de mi Bella Dama. Y yo sostuve al bebe sobre mi esposa, con un extremo cuidado; de modo que los ojos de mi esposa moribunda, pudieran ver en los jóvenes ojos del niño. Y en un momento, en un breve instante de tiempo, aunque hubiera parecido ser una eternidad, Mi Bella Dama cerró sus ojos y permaneció muy en silencio. Y yo devolví el niño a la niñera, que permaneció más allá de la puerta. Y yo cerré la puerta, y regresé a Mi Esposa, para que pasásemos esos últimos instantes juntos los dos solos.
Y las manos de mi esposa yacían muy quietas y blancas; pero en un momento comenzaron a moverse suavemente y débilmente, buscando algo; y yo extendí mis grandes manos a ella, y tomé sus manos con un extremo cuidado; y así pasó un breve instante.
Luego sus ojos se abrieron, calmos y grises, y un poco aparentemente deslumbrados; y ella rodó su cabeza sobre la almohada y me vio; y el dolor del olvido salió de sus ojos, y ella me miró con una apariencia que creció en fortaleza, en bondad de ternura y completo entendimiento.
Y yo me incliné un poco hacia ella; y sus ojos me dijeron que la tomara en mis brazos por aquellos últimos minutos. Entonces fui muy gentil sobre la cama, y la levanté con un extremo y tierno cuidado, de modo que ella se quedó súbita y extrañamente tranquila contra mi pecho; pues el Amor me dio habilidad para sostenerla, y el Amor le dio a Mi Bella Dama un momento de alivio en ese breve tiempo que nos fue otorgado.
Y así los dos estuvimos juntos; y el Amor pareció haber hecho una tregua con la Muerte en el aire alrededor nuestro, para que no fuéramos molestados; pues vino un soplo descansado aun sobre mi tenso corazón, que no había conocido nada excepto un horrible dolor a través de las horas fatigadas.
Y yo susurré mi amor silenciosamente a Mi Bella Dama, y sus ojos me respondieron; y los extrañamente bellos y terribles momentos transcurrieron en el silencio de la eternidad.
Y súbitamente, Mirdath Mi Bella Dama, habló,--susurrando algo. Y me detuve amablemente para escuchar; y Mi Esposa habló otra vez; y Oh! fue para llamarme por el viejo Nombre de Amor que había sido mío a través de todos los extremadamente amorosos meses de nuestra unión.
Y yo comencé otra vez a decirle de mi amor, que atravesaría más allá de la muerte; y Oh! en ese preciso instante de tiempo, la luz salió de sus ojos; y Mi Bella Dama yació muerta en mis brazos . . . Mi Bella Dama. . . .
FIN DEL CAPITULO 1
CAPÍTULO II- EL ÚLTIMO REDUCTO
Desde que Mirdath, Mi Bella Dama, murió y me dejó solitario en este mundo, yo he sufrido una angustia, y un absoluto y horrible dolor de anhelos, tal como verdaderamente ninguna palabra podrá expresar jamás; pues, en verdad , yo que había tenido todo el mundo a través de su dulce amor y compañerismo, y que conocí todo el gozo y felicidad de la Vida, hube de conocer tal solitaria miseria hasta el punto en que me aturdiese siquiera el poder pensar.
Entonces tomé mi pluma otra vez; pues al final una maravillosa esperanza creció en mi, en la cual yo pude, de noche en mis sueños, avizorar el futuro de este mundo, y ver extrañas cosas y maravillas inauditas, y conocer una vez más la felicidad de la vida; pues había aprendido la promesa del futuro, y había visitado en mis sueños aquellos sitios que estaban en la tumba del tiempo, donde ella y yo nos reuniremos, y nos separaremos, y otra vez volveremos a reunirnos-- quebrándonos bajo la tristeza del dolor, y otra vez reuniéndonos tras edades extrañas, en una maravilla feliz y poderosa.
Y esta es la historia completa y extraña tal cual la he visto, y la que, verdaderamente, debo revelar, si la tarea no fuese muy grande; de modo que, en la revelación de eso, pueda obtener un poco de alivio en mi corazón; y del mismo modo, tal vez, un alivio de esperanza para algún otro pobre humano, que esté sufriendo, así como yo he sufrido un anhelo tan horrible por mi Esposa que está muerta.
Y así me leerán y dirán que esto no es posible, y así les disputaremos; pero a ellos nada tengo que decir, excepto "Lean!" y habiendo leído aquello que he depositado, habrán mirado todos hacia la Eternidad conmigo--hasta sus mismos portales. Y así comienza mi historia:
Para mí, en este último tiempo de mis visiones, de las cuales podría decir, que no fue como si lo hubiese soñado; sino más bien, como si fuera que me hubiese despertado allí en la oscuridad, en el futuro de este mundo. Y el sol había muerto; y yo había despertado así nuevamente en aquel Futuro, mirando atrás hacia ésta, nuestra Era Presente, siendo esto como mirar hacia atrás en sueños que mi alma sabía que eran realidad; pero para esos ojos míos que miraban por primera vez, parecía como una lejana visión, extrañamente consagrada con apacibilidad y luz.
Siempre me pareció cuando desperté en el Futuro, dentro de la Eterna Noche que doblegaba este mundo, que yo veía cerca mío, y ciñéndome todo alrededor, como una borrosa neblina. Y que en un momento, la neblina se aclararía y se desvanecería de mi alrededor, al igual que una oscura nube, y yo podría observar un mundo de oscuridad, sembrado aquí y allí con extrañas vistas.
Y con mi despertar en aquel Futuro, no desperté en ignorancia; sino a un completo conocimiento de aquellas cosas que alumbran la Tierra de la Noche; al igual que un hombre se despierta de un sueño cada mañana, y sabe inmediatamente que está despierto, los nombres y conocimiento del Tiempo que le ha engendrado, y en el cual vive. Y del mismo modo, tenía un conocimiento , como si fuera subconsciente, de este Presente--esta primera vida, que ahora vivía tan terriblemente solo.
En mi primer conocimiento de ese lugar, yo era un joven de diecisiete años, y mi memoria me dijo que cuando me desperté por primera vez, o llegué, como pudiera decirse, a mí mismo, en ese Futuro, yo estaba en una de las troneras del Último Reducto--esa Gran Pirámide de metal gris que sostenía a los últimos millones de este mundo de los Poderes de los Asesinos.
Y así pleno del conocimiento de ese lugar, que apenas puedo creer que ninguno de aquí sabe; y porque tengo tal dificultad, puede ser que yo hable muy familiarmente de aquellas cosas de las que sé; y no me cuidaré de explicar mucho de lo que es necesario que yo explique a aquellos que deben leer aquí, en este nuestro día presente. Pues allí mientras permanecí y observé, yo era menos el hombre de años de esta época, que el joven de aquella, con el natural conocimiento de aquella vida que había reunido viviendo todos mis diecisiete años de la vida allí; aunque, hasta que mi primer visión, yo (de esta época) no sabía de aquella otra y Futura Existencia; entonces desperté a ella tan naturalmente como puede un hombre despertar aquí en su cama a la luz del sol de la mañana, y saber su nombre, y el sentido de nada más. Y entonces, como estaba parado en la inmensa tronera, yo tenía también un conocimiento, o memoria, de esta presente vida nuestra, en lo más profundo dentro mío; pero tocado con una aureola de sueños, y entonces con un consciente anhelo por Una Mujer, conocida aún allí con cierta memoria como Mirdath.
Como dije, en mi primer memoria, presté atención en que yo estaba parado en una tronera, importante al lado de la Pirámide, y miraba hacia el exterior a través de un raro catalejo hacia el Nor-Oeste. Sí, lleno de juventud y con un aventurero y entonces medio temeroso corazón.
Y en mi cerebro estaba, como dije, el conocimiento que había llegado a mí en todos los años de mi vida en el Reducto; y entonces hasta ese momento, este Hombre de este Tiempo Presente no tenía conocimiento de aquella futura existencia; y ahora estaba parado y tenía súbitamente el conocimiento de la vida ya pasada en esa extraña tierra, y en lo más profundo dentro mío los brumosos conocimientos de esta nuestra Era Presente, y, tal vez también de algunas otras.
Hacia el Nor-Oeste yo miré a través del extraño catalejo, y vi un paisaje que había observado y que me había absorbido a través de todos los años de aquella vida, de modo que sabía cómo nombrar esta cosa y aquella otra, y dar las mismas distancias de cada cosa desde el "Punto Central" de la Pirámide, que era aquél que no tenía ni longitud ni anchura, y estaba hecho de metal pulido en el Cuarto de Matemáticas, al cual iba diariamente para mis Estudios.
Hacia el Nor-Oeste yo miré, y en el amplio campo de mi cristal, vi claramente el brillante resplandor del fuego del Hoyo Rojo, levantándose brillante contra la parte inferior del inmenso mentón del Observador del Noroeste--La Cosa Vigilante del Noroeste. . . . "Aquello que ha Vigilado desde el Principio, y hasta que se abra la Entrada de la Eternidad" vino a mis pensamientos, cuando yo miré a través del cristal . . . las palabras de Æsworpth, el Antiguo Poeta (aunque de un increíblemente futuro para este nuestro tiempo). Y súbitamente ellas me parecieron equivocadas; pues yo miré en lo más profundo de mi ser, y vi, como los sueños son vistos, la luz del sol y el esplendor de esta nuestra Era Presente. Y yo estaba asombrado.
Y aquí debo dejar aclarado por completo que, aún cuando yo desperté en esta Era, súbitamente en aquella vida, de modo que yo--aquel joven allí en la tronera--hubiese despertado entonces al conocimiento de esta vida de hace tiempo nuestro--pareciéndole una visión del mismo principio de la eternidad, en el amanecer del mundo. Oh! Lo haré pero temo que no pueda ser suficientemente claro que yo y él fuéramos ambos Yo--la misma alma. Él de aquella lejana fecha viendo vagamente la vida que fue (aquella que ahora vivo en esta Era presente); y yo de este tiempo contemplando la vida que entonces viviera. Cuan terriblemente extraño!
Y entonces, yo no sé si es que hablo palabra santa por decirlo así, en ese Tiempo futuro, en el que no tenía conocimiento de esta vida y Edad, antes de ese despertar; pues yo desperté para encontrar que yo era uno que permaneció con la excepción de los otros jóvenes, en lo que era un oscuro conocimiento--visionario, como si fuera, del pasado, algo confundido, mientras entonces encolerizaba a aquellos que eran los hombres de conocimiento de esa edad; aunque de esta forma, más anónima. Pero esto yo lo sabía, que desde ese momento, hacia adelante, mi conocimiento y seguridad del pasado era diez veces mayor; pues esta mi memoria de aquella vida me lo dijo.
Y así continúa mi narración. Entonces antes de pasar hacia adelante, otra cosa más hay de la cual hablaré--En el momento en el que desperté de aquella juventud, en el seguro conocimiento de esta nuestra Edad, en ese momento el hambre de este mi amor fluyó a mí a través de las edades; de modo que aquello que había sido sólo un sueño de la memoria, creció al dolor de la Realidad, y yo supe súbitamente que me faltaba; y desde ese momento hacia adelante, fui, escuchando, como si ahora mi vida estuviera agotada.
Y así fue que yo (recién nacido en ese Tiempo futuro) anhelaba extrañamente a mi Bella Dama con toda la fuerza de aquella nueva vida, sabiendo que ella había sido mía, y deseando que pudiera vivir otra vez, tal como yo. Y así, como dije, yo anhelaba, y encontraba que yo escuchaba.
Y ahora, regresando de mi digresión, fue, como dije, que tenía asombro al percibir, en la memoria, el incognoscible brillo del sol y el esplendor de esta época abriéndose paso claramente a través mío las hasta ahora más vagas y nebulosas visiones; de modo que la ignorancia de Æsworpth me fue gritada por las cosas que ahora sabía.
Y desde ese momento, en adelante, por un breve tiempo, estuve aturdido con todo lo que yo sabía y adivinaba y sentía; por mucho tiempo el ansia por aquella que yo había perdido en los días primeros--ella que me había cantado en aquellos días de encantos de luz, que habían sido en verdad. Y los pensamientos especiales de aquella edad tornaron atrás con un agudo asombro apesadumbrado en el abismo del olvido.
Pero en un momento, retorné de la neblina y dolor de mis memorias de ensueño, una vez más al inconcebible misterio de la Tierra de la Noche, que yo veía a través de la gran tronera. Pues nadie nunca vino con fatiga a prestar atención sobre todos los horrendos misterios; de modo que viejos y jóvenes miraron, desde los primeros años hasta la muerte, la negra monstruosidad de la Tierra de la Noche, la cual era este nuestro último refugio de la humanidad sostenida en peligro.
A la derecha del Hoyo Rojo se extiende un largo, sinuoso resplandor, que yo conocía como el Valle del Fuego Rojo, y fuera de eso por muchas frías y sombrías millas la negrura de la Tierra de la Noche; a través de la cual viene la frialdad de la luz de la Llanura del Fuego Azul.
Y luego, en los mismos bordes de las Tierras Desconocidas, se extiende un conjunto de bajos volcanes, que alumbran , lejos en la oscuridad exterior, las Colinas Negras, donde brillan las Siete Luminarias, las cuales ni titilaban ni se movían ni fluctuaban a través de la Eternidad; y de las que el Gran Catalejo no podía proporcionar ningún conocimiento; ni había ningún aventurero de la Pirámide siquiera que hubiese regresado para decirnos nada de ellos. Y aquí déjenme decir, que abajo en la Gran Biblioteca del Reducto, estaban las historias de todos aquellos, que con sus descubrimientos, se habían aventurado fuera en la monstruosidad de la Tierra de la Noche, arriesgando no solo la vida únicamente, sino el espíritu de la vida.
Y seguramente es todo tan extraño y maravilloso de decir, que yo podría casi desesperar con la contemplación de aquello que debo lograr; pues hay tanto para decir, y así tengo pocas palabras dadas a un hombre por medio de las cuales poder hacer claro lo que yace más allá de la vista y del presente y brindar conocimientos generales de las Gentes.
Cómo podrían saber ustedes, como yo sé en verdad, de la grandeza y realidad y terror de la cosa que yo explicaré a todos; pues nosotros, con nuestro insignificante intervalo de vida registrado debemos tener grandes historias para contar, pero los pocos raros detalles que conocemos relativos a los años que son apenas unos miles en total; y yo debo explicarles en las breves páginas de esta mi vida allí, una suficiencia de la vida que había sido, y la vida que fue, tanto dentro como fuera de esa poderosa Pirámide, para hacer claro a aquellos que puedan leer, la verdad de aquello que yo habría de decir; y las historias de aquel Gran Reducto no tienen que ver con raros miles de años; sino con verdaderos millones de años; sí, muy lejos de lo que quienes en aquella Edad concibieron como siendo los primeros días de la Tierra, cuando el Sol, tal vez aun lentamente oscurecido en el cielo nocturno del mundo. Pero de todo aquello que fue con anterioridad, nada, excepto como mitos, y asuntos para ser considerados muy cuidadosamente, y que no son creídos por hombres de sana y probada sabiduría.
Y yo, . . . cómo podría hacer todo esto más claro a quienes puedan leerlo? Esto no puede ser; y entonces yo debo contar mi historia; pues guardar silencio frente a tal maravilla sería sufrir completamente del corazón; y yo debo aun aligerar mi espíritu por esta mi lucha por decir a todos cómo fue conmigo, y cómo será. Sí, aún a las memorias que fueron la posesión de aquella lejana juventud futura, que fui en verdad yo mismo, de sus días de niñez, cuando su niñera de aquella Edad le mecía, y canturreaba imposibles canciones de cuna de este Sol mítico que, según esas fábulas de hadas del futuro, había pasado una vez a través de la negrura que ahora se extiende por encima de la Pirámide.
Tal es el monstruoso futuro de esto que yo he visto a través del cuerpo de aquella lejana juventud.
Y así regreso a mi narración. A mi derecha, que era hacia el Norte, se encontraba, muy lejos, la Casa del Silencio, sobre una baja colina. Y en esa Casa había muchas luces, y ningún sonido. Y así había sido a través de una incontable Eternidad de años. Siempre esas firmes luces, y ni un murmullo de sonido--ni siquiera alguno que nuestros micrófonos de distancia pudieran haber descubierto. Y el peligro de esta Casa se contaba como el más grande peligro de todas aquellas Tierras.
Y rodeado por la Casa del Silencio, se enrollaba el Sendero Donde los Silenciosos Caminan. Y concerniente a este Sendero, que pasaba fuera de las Tierras Desconocidas, cerca del Sitio de los Ab-humanos, donde estuvo siempre la verde niebla luminosa, nada se conocía; excepto que se sostenía que, de todas las obras acerca de la Poderosa Pirámide, fue, sola, la única que sembró, muchas eras atrás, de saludable trabajo y labor humanos. Y sobre este punto solo, había un millar de libros, y más, que habían sido escritos; y por el contrario, y parecían no tener fin, como si esa fuera la forma en tales asuntos.
Y como fue con el Sendero Donde los Silenciosos Caminan, así fue con todas aquellas otras cosas monstruosas . . . bibliotecas enteras habían sido hechas sobre esto y sobre aquello; y muchos miles de millones estaban convertidos en el polvo olvidado del mundo primitivo.
Recuerdo ahora que en un momento yo caminaba en la autopista central que se extendía a un milésimo de la meseta del Gran Reducto. Y esta se extendía seis millas y treinta brazas sobre la Llanura de la Tierra de la Noche, y tenía algo así como una milla entera o más de ancho. Y así, en unos pocos minutos, yo estaba en la muralla Sud-Este, y mirando a través de la gran tronera hacia los Tres Agujeros de Fuego Plateado, que brillaban frente a la Cosa Que Se Inclina, alejada, lejos en el Sud-Este. Al Sur de esta, pero más cercano, se levantaba la inmensa mole del Observador del Sud-Este--La Cosa Que Observa del Sud-Este. Y a la derecha y a la izquierda del monstruo agazapado ardían las antorchas; puede ser a media milla a cada lado; entonces ellas arrojaban suficiente luz para mostrar la pesada cabeza del Bruto que nunca duerme.
Hacia el Este, como estaba parado en la tranquilidad del Tiempo que Dormita sobre una milésima Meseta, escuché un lejano, horrible sonido, abajo en el Este sin luz; y, en un momento, otra vez--una extraña, horrible risa, profunda como un trueno grave entre las montañas. Y porque este sonido venía a veces de modo peculiar desde las Tierras Desconocidas más allá del Valle de los Sabuesos, habíamos denominado ese lejano y nunca visto Sitio "El País de Donde Viene la Gran Risa." Y aunque había oído el sonido, muy a menudo, entonces nunca lo había escuchado sin el mas extraño estremecimiento de mi corazón, y un sentido de mi pequeñez, y del extremo terror que había asediado a los últimos millones del mundo.
Entonces, porque había oído la Risa a menudo, no presté demasiada atención a mis pensamientos acerca de ella; y cuando, en breve se desvaneció en aquella Oscuridad Oriental, volví mi catalejo hacia el Hoyo de los Gigantes, que se extiende hacia el Sur de los Hornos de los Gigantes. Y estos mismos Hornos eran servidos por los gigantes, y la luz de los Hornos era roja y cambiadiza, y arrojaba ondulantes sombras y luces a través de la boca del Hoyo; de modo que yo vi gigantes reptando hacia arriba fuera del Hoyo; pero no los he visto propiamente, a causa de la danza de las sombras. Y así, porque aún había tanto para contemplar, yo miré lejos, en un momento, a eso que era más simple de ser examinado.
Por detrás del Hoyo de los Gigantes había una enorme Colina negra, que se erguía inmensa, entre el Valle de los Sabuesos (donde vivían los monstruosos Sabuesos Nocturnos) y los Gigantes. Y la luz de los Hornos golpeaba la cima de esta Colina negra; de modo que, constantemente, yo vi cosas mirando con atención sobre el borde, saliendo un poco a la luz de los Hornos, y retrocediendo velozmente en las sombras.
Y así había sido siempre, a través de edades incontables; de modo que el Pico fue conocido como El Pico Del Cual Extrañas Cosas se Observan; y así fue marcado en nuestros mapas y cartas de aquél mundo sombrío.
Y así yo podría haber estado por siempre; aún con miedo de aburrirme; y entonces, ya sea que estuviese aburrido, o no, debo decir de este país que veo, aún ahora a medida que expongo mis pensamientos, tan llanamente que mi memoria deambula de una manera secreta y silenciosa a lo largo de su desnudez, y entre sus extraños y temerosos habitantes, de modo que es sino con un esfuerzo que me doy cuenta que mi cuerpo no está allí en este mismo momento en que yo escribo. Y así continúo diciendo:
Delante mío discurre el Sendero Donde los Silenciosos Caminan; y yo lo he investigado, como hace mucho tiempo lo había hecho en mi primera juventud, con el catalejo; pues mi corazón estuvo siempre conmovido poderosamente por la vista de esos Silenciosos.
Y, en un momento, solo en todas las millas de esa ruta gris de la noche, yo vi algo en el campo de mi cristal-- una quieta figura encubierta, moviéndose a lo largo, cubierta con una túnica, y mirando ni a la derecha ni a la izquierda. Y así fue siempre con estos seres. Se decía en el Reducto que ellos no dañarían a los humanos, siempre que el humano mantuviera una considerable distancia de ellos; pero que sería sabio nunca aproximarse a uno. Y esto bien puedo creerlo.
Y así, investigando el camino con mi mirada, pasé más allá de este Silencioso, y pasé el lugar donde el camino, extendiéndose inmensamente hacia el Sud-Este, era iluminado en un espacio, extrañamente, por la luz de los Hoyos del Fuego Plateado. Y así hasta el final del Sur del Palacio Oscuro, y de allí más hacia el Sur todavía, hasta que pasaba alrededor del Occidente, más allá de la masa montañosa de la Cosa Que Observa en el Sur--el monstruo más grande en todas las visibles Tierras Nocturnas. Mi catalejo me lo mostró con claridad--una colina viviente de vigilancia, conocida por nosotros como El Observador Del Sur. Incubándose allí, en cuclillas y tremendo, empujando sobre la pálida radiación del Domo Resplandeciente.
Mucho, yo sé, ha sido escrito relativo a este Extraño, Inmenso Observador; pues él se ha originado en la negrura de las Tierras Desconocidas del Sur hace un millón de años; y el continuo crecimiento de su cercanía ha sido notado y registrado en su totalidad por los hombres que ellos llamaron Monstruwacans; de modo que fue posible investigar en nuestras bibliotecas, y aprender acerca de la misma llegada de esta Bestia en el antiguo tiempo.
Y, mientras recuerdo, hubo aun entonces, y siempre, hombres llamados Monstruwacans, cuyo deber era prestar atención de las Grandes Fuerzas, y observar los Monstruos y las Bestias que asediaban la Gran Pirámide, y medir y registrar, y tener tan completo conocimiento del mismo que, uno no pudiera mover una cabeza en la oscuridad, sin que el mismo asunto fuese registrado con particularidad en los Registros.
Y, así diré más acerca del Observador del Sur. Hace un millón de años, como dije, salió de la negrura del Sur, y creció ininterrumpidamente más cerca a través de veinte mil años; pero tan lentamente que en ningún año podría un hombre percibir que se hubiese movido.
Entonces tenía movimiento, y se había así alejado de su camino hacia el Reducto, donde el Domo Resplandeciente se levantaba del suelo delante suyo--creciendo lentamente. Y así ha permanecido la forma del Monstruo; de modo que a través de una eternidad había mirado hacia las Pirámide a través del pálido resplandor del Domo, y aparentemente sin tener poder para avanzar más cerca.
Y a causa de esto, mucho había sido escrito para probar que debía haber otras fuerzas que el mal trabajando en la Tierra de la Noche , acerca del Último Reducto. Y yo he pensado siempre de esto como un dicho sabiamente expresado; y, en verdad, no se puede dudar del asunto, porque había muchas cosas en el tiempo de las cuales yo tenía conocimiento, las cuales parecían hacer claro que, así como las Fuerzas de la Oscuridad estaban sueltas sobre el Fin del Hombre; del mismo debía haber otras Fuerzas fuera para dar batalla con el Terror; aunque de maneras de lo más extrañas e impensadas por la mente humana. Y de esto tendré más para decir en seguida.
Y aquí, antes de ir más lejos con mi narración, déjenme explicar algo de aquél conocimiento el que entonces permanecía tan claro dentro de mi mente y corazón. De la llegada de esas monstruosidades y Fuerzas malignas, ningún hombre podría decir mucho en verdad; pues el mal comenzó antes que las historias del Gran Reducto hubiesen sido conformadas; sí, aun antes que el sol hubiera perdido todo el poder de su luz; aunque, no puede ser una cosa que pueda aseverarse, que aun en este lejano tiempo los cielos negros e invisibles no tenían calor para este mundo; pero de esto no tengo espacio para hablar; y debo proseguir a aquél del que tengo un mejor conocimiento.
El mal debe seguramente haber empezado en los Días del Oscurecimiento (que podría ser como una historia que fuera creída dudosamente, tanto como quienes somos de esta época creemos en la historia de la Creación). Un oscuro registro hubo de ciencias antiguas (que estaban entonces muy lejos en nuestro futuro) las cuales, perturbando los inmensurables Poderes Exteriores, habían permitido cruzar la Barrera de la Vida algunos de esos Monstruos y Criaturas Ab-humanas, que son tan maravillosamente separados de nosotros en este presente normal. Y así ellas se han materializado, y en otros casos desarrollado, grotescas y horribles Criaturas, que ahora asedian a los humanos de este mundo. Y donde no había poder para tomar forma material, se les permitió a ciertas Fuerzas horribles tener poder para afectar la vida del espíritu humano. Y esto se incrementó muy horriblemente, y el mundo quedó lleno de ilegalidad y degeneramiento, habiéndose agrupado juntos algunos millones, que construyeron el Último Reducto; allí en el crepúsculo del mundo--entonces nos parecía a nosotros, y entonces a ellos (gestado finalmente por la paz de su uso) como si fuera el Principio; y esto no puedo hacerlo más claro; y nadie tiene el derecho de esperarlo; pues mi tarea es muy grande, y más allá del poder de la habilidad humana.
Y cuando los humanos hubieron construido la Gran Pirámide, tenía mil trescientos veinte pisos; y el espesor de cada piso estaba conforme a la fuerza de su necesidad. Y la altura total de esta Pirámide excedía siete millas, por casi una milla, y sobre ella había una torre desde la cual los Vigilantes miraban (siendo estos llamados los Monstruwacans). Pero dónde el Reducto fue construido, no lo sé; excepto que yo creo en un poderoso Valle, del cual podré decir más a su debido tiempo.
Y cuando la Pirámide fue construida, los últimos millones, que fueron los Constructores de eso, fueron a su interior, e hicieron para sí mismos una gran casa y ciudad de este Último Reducto. Y así comenzó la Segunda Historia de este mundo. Y cómo podré colocar todo esto en estas pocas páginas! Pues mi tarea, tal como yo la veo, es muy grande para el poder de una sola vida y una simple pluma. Entonces, a hacerlo!
Y, más tarde, a través de cientos y miles de años, crecieron en las Tierras Externas, más allá de aquellas que se extienden bajo la vigilancia del Reducto, razas perdidas y poderosas de terribles criaturas, medio hombres y medio bestias, y malas y horribles; y estas hicieron la guerra contra el Reducto; pero fueron rechazadas de esa torva montaña metálica, con una inmensa matanza. Entonces, debe haber habido muchos de tales ataques, hasta que el Círculo Eléctrico fue puesto alrededor de la Pirámide, e iluminado con la Corriente Terrestre. Y la media milla más baja de la Pirámide fue sellada; y así al final hubo paz, y los comienzos de aquella Eternidad de quieta observación para el día cuando la Corriente Terrestre se volviera exhausta.
Y, a ratos, a través de olvidadas centurias, las Criaturas habían sido atiborradas repetidamente gracias a las raras bandas de osados que se habían aventurado a salir para explorar a través del misterio de las Tierras de las Noches; pues de aquellos que fueron, raramente si es que alguno retornaba; porque había ojos en toda esa oscuridad; y Poderes y Fuerzas fuera que tenían todo conocimiento; o así debíamos creer de buena gana.
Y entonces, como pareciera, a medida que esa Noche Eterna se agrandaba a sí misma sobre el mundo, el poder del terror creció y se fortaleció. Y nuevos y más grandes Monstruos se desarrollaron y proliferaron de todo el espacio y Dimensiones Exteriores, atraídos, al igual que si pudieran ser Tiburones Infernales, por esa solitaria y poderosa colina de la humanidad, enfrentando su fin--tan cerca del Eterno, y entonces hasta ahora diferido en las mentes y para los sentidos de aquellos humanos. Y así había sido siempre.
Y todo esto mediante la forma, vaga y de difícil decir, y explicado con la esperanza de hacer un poco claro los comienzos de aquél Estado que es tan extraño a nuestras concepciones, y entonces se había vuelto una Condición de Naturalidad para la Humanidad en ese estupendo futuro.
De esa manera los Gigantes vinieron, teniendo como padres a las bestias humanas y como madres a los Monstruos. Y muchas y diversas fueron las criaturas que tenían alguna apariencia humana; e inteligencia, mecánica y astuta; de modo que algunos de los menos Brutos tenían maquinaria y caminos subterráneos, teniendo necesidad de asegurarse calor y aire, como si fueran saludables humanos; únicamente que ellos eran increíblemente endurecidos para las dificultades, como si ellos pudieran ser lobos en comparación con tiernos niños. Y seguramente, hago esta cosa claro?
Y ahora continúo mi narración relativa a la Tierra de la Noche. El Observador del Sur era, como pude conocer, un monstruo diferente de aquellos otras Cosas que Observan, de las cuales he hablado, y de las cuales había en total cuatro. Una hacia el Nor-Oeste, y una hacia el Sud-Este, y de estas yo he hablado; y el otro par permanecía ensimismado, uno al Sur-Oeste, y el otro al Nor-Este; y así los cuatro observadores se mantenían en guardia a través de la oscuridad, contra la Pirámide, y no se movían, ni producían ningún sonido. Entonces los conocíamos como siendo montañas de viviente vigilancia y horrenda e inmutable inteligencia.
Y así, en un rato, habiendo escuchado el entristecido sonido que venía igual hasta nosotros sobre las Dunas Grises, del País de los Lamentos, que se extiende hacia el Sur, a medio camino entre el Reducto y el Observador del Sur, pasé sobre uno de la autopista movible por sobre el lado Sur-Occidental de la Pirámide, y busqué por una angosta tronera desde allí hacia abajo en el Valle Profundo, que era de cuatro millas de profundidad, y en el que estaba el Hoyo del Humo rojo.
Y la boca de este Hoyo era de una milla de ancho, y el humo del Hoyo llenaba el Valle a veces, de modo que parecía como si fuera un círculo rojo resplandeciente entre rudas atronadoras nubes de color rojo. Entonces el humo rojo nunca se elevaba mucho por sobre el Valle; de modo que había una clara visión a través del país y más allá. Y allí, a lo largo del ulterior borde de aquella gran profundidad, estaban las Torres, cada una, tal vez una milla de alto, grises y quietas; pero con una luz trémula sobre ellas.
Más allá de estos, al Sur y Oeste de ellos, estaba la enorme masa del Observador del Sur-Oeste, y del piso se levantaba aquello que llamamos el Rayo del Ojo--un solo rayo de luz gris, que subía del suelo, e iluminaba el ojo derecho del monstruo. Y a causa de esta luz, que el ojo ha sido poderosamente examinado a través de desconocidos miles de años; y así puedo sostener la opinión de que el ojo miraba a través de la luz con tenacidad a la Pirámide; pero otros dispusieron que la luz lo cegara, y fue la obra de aquellos Otros Poderes que estaban fuera para combatir con las Fuerzas Malignas. Pero sin embargo esto puede ser, como estaba parado en la tronera, y miraba a la cosa a través del catalejo, le pareció a mi alma que el Bruto miraba directamente hacia mí, sin pestañear e inconmovible, y lleno de un conocimiento que yo lo espiaba. Y esto es lo que yo sentía.
Hacia el Norte de este, en la dirección del Oeste, yo vi el Lugar Donde los Silenciosos Matan; y esto fue llamado así, porque allí, puede ser hace diez mil años, ciertos humanos aventurándose de la Pirámide, salieron al Sendero Donde los Silenciosos Caminan, y en aquel sitio, y fueron inmediatamente destruidos. Y esto fue dicho por uno que escapó; aunque él murió también muy rápidamente; pues su corazón estaba congelado. Y esto no lo puedo explicar; pero así fue expuesto en los Registros.
Muy lejos más allá del Lugar Donde Los Silenciosos Matan, en la misma boca de la Noche Occidental estaba el Sitio de los Ab-humanos, donde se perdía el Sendero Donde los Silenciosos Caminan, en una torpe verde, niebla luminosa. Y de este sitio nada se conocía; aunque mucho atraía los pensamientos y atenciones de nuestros pensadores e imaginadores; pues alguien dijo que había un Sitio De Seguridad, distinto del Reducto (tal como los de este tiempo suponemos el Cielo diferir de la Tierra), y que la Avenida conducía hacia allí; pero fue atrancada con rejas por los Ab-humanos. Y esto puedo únicamente atestiguar aquí; pero sin ningún pensamiento para justificarlo o sostenerlo.
Más tarde, viajé hacia la muralla Nor-Oriental del Reducto, y miré desde allí con mi catalejo al Observador del Nor-Este--el Observador Coronado era llamado, debido a que el aire por encima de su enorme cabeza formaba siempre un azul, luminoso anillo, que exhalaba una extraña luz hacia abajo sobre el monstruo--mostrando una inmensa ceja arrugada (sobre la cual una biblioteca entera había sido escrita); pero poniendo a la sombra todo el rostro inferior; todo excepto la oreja, que salía por detrás de la cabeza, y se orientaba hacia el Reducto, y ha sido dicho a mí por los observadores que en el pasado han visto un temblor; pero cómo podría ser eso, yo no sabía; pues ningún hombre de nuestros días ha visto tal cosa.
Y más allá de la Cosa Vigilante estaba El Lugar Donde Los Silenciosos No Están Nunca, muy cerca de la gran avenida; que estaba rodeado sobre el lado más alejado por el Mar del Gigante; y contra el lado alejado de aquella, estaba un Camino que fue siempre llamado El Camino Hacia la Ciudad Quieta; pues pasando ese sitio era donde ardía por siempre las luces constantes y nunca en movimiento de una extraña ciudad; pero ningún cristal había mostrado nunca vida allí; ni había alguna luz nunca cesado de arder.
Y fuera de eso otra vez estaba la Bruma Negra. Y aquí, déjenme decir, que el Valle de los Sabuesos terminaba hacia las luces de la Ciudad Quieta.
Y así he explicado algo de aquella tierra, y de aquellas criaturas y circunstancias con las que nos enfrentábamos, esperando hasta que el Día del Juicio, cuando nuestra Corriente Terrestre hubiera de cesar, y nos deje indefensos en manos de los Observadores y el Abundante Terror.
Y allí estaba yo, observando sosegadamente, como puede uno que ha nacido conociendo de tales asuntos, y educado en el conocimiento de ellos. Y, luego, miré hacia arriba, y vi la gris, metálica montaña levantándose sin medida en la penumbra de la Eterna Noche; y a mis pies los perpendiculares bordes inclinados de los sombríos muros de metal, seis millas completas, y más, hacia la planilla debajo.
Y una cosa (sí! y me temo, mucho) he olvidado explicar con particularidad:
Había, como ustedes ya saben, todo alrededor de la base de la Pirámide, que tenía cinco millas y un cuarto a cada lado, un gran círculo de luz, que había sido puesto por la Corriente Terrestre, y ardía dentro de un tubo transparente; o tenía esa apariencia. Y rodeaba la Pirámide por una milla completa a cada lado, y ardía por siempre; y ninguno de los Monstruos tenía el poder para cruzarla, a causa de lo que llamábamos La Barrera de Aire que él hacía, como una invisible Muralla de Seguridad. Y producía también una más sutil vibración, que afectaba los débiles Elementos Cerebrales de los Monstruos y de los Hombres-Brutos Inferiores. Y así era sostenido que provenía de él una vibración adicional de una mayor sutilidad que daba protección contra las Fuerzas Malignas. Y así esta modalidad era verdaderamente sabia; pues los Poderes Malignos no tenían habilidad para causar daño a nadie en su interior. Entonces había algunos peligros contra los cuales no podíamos tener ventaja; pero estos no tenían astucia para ocasionar daño a nadie en el interior del Gran Reducto que tenía la sabiduría para no entrometerse con tales cosas horribles. Y así fueron esos últimos millones custodiados hasta que la Corriente Terrestre fuera usada hasta su fin. Y este círculo es eso que he llamado el Círculo Eléctrico; aunque con dificultad para explicarlo. Pues era llamado únicamente, El Círculo.
Y así he podido, con gran esfuerzo,
dar un poco de luz a esa sombría Tierra Nocturna, donde, en un momento,
escuché a alguien llamando a través de la oscuridad. Y cómo
pudo esto llegar hasta mí, lo explicaré sin dilación.
CAPÍTULO III
Ahora, a menudo había oído decir, no únicamente en esa gran ciudad que ocupaba el piso milésimo, sino en otras de las mil trescientas veinte ciudades de la Pirámide, que había en algún lugar ahí fuera en la desolación de las Tierras Nocturnas un segundo Sitio de Refugio, donde se habían reunido, en otra parte de este mundo muerto, algunos últimos millones de la raza humana, para luchar hasta el fin.
Y esta historia la había oído en todos los sitios durante mis viajes a través de las ciudades del Gran Reducto, cuyos viajes comenzaron cuando alcancé mis diecisiete años, y continuaron por tres años y doscientos cincuenta y cinco días, estando entonces sólo un día en cada ciudad, como era la costumbre en el entrenamiento de cada niño.
Y verdaderamente fue un gran viaje, y durante él me encontré con muchas personas, a quienes aprendí a amar; pero que nunca más podría ver otra vez; pues la vida no tenía espacio suficiente; y cada uno tenía su deber por la seguridad y bienestar del Reducto. Entonces, por todo lo que yo he explicado, viajábamos mucho, siempre; pero había tantos millones viajando, y así por unos pocos años.
Y, como dije, en todos lados donde fui era la misma historia acerca de este otro Sitio de Refugio; y en las Bibliotecas de aquellas ciudades cuando tenía tiempo para investigar, había un gran número de obras sobre la existencia de este otro Refugio; y así , muy atrás en los años, se aseveró con confianza que tal Sitio existía en verdad; y, en realidad, ninguna duda había parecido existir en esas eras perdidas; pero ahora estos mismos Registros eran leídos únicamente por Eruditos, que dudaban, aun mientras ellos leían. Y así sucede siempre.
Pero acerca de la realidad de este Refugio, yo nunca tuve una sombra de duda, desde el día en que escuché hablar de él a nuestro Maestro Monstruwacan, quien con todos sus asistentes ocupaba la Torre de Observación en la cúspide la Pirámide. Y aquí déjenme decir que él y yo tuvimos siempre una afinidad y cercana amistad uno por el otro; aunque él era ya maduro, y yo solo era un joven; entonces así fue; y de ese modo, cuando llegué a la edad de veintiún años , él habilitó para mí un puesto dentro de la Torre de Observación; y esta fue una de las más grandes maravillas de buena fortuna que me sucedieron; pues en todo el inmenso Reducto, ser designado en la Torre de Observación era lo más deseado; pues por esa razón, al igual que en estos días hace la Astronomía, era la natural curiosidad del Hombre hacer algo, aun cuando fracasara.
Ahora, déjenme decir aquí también, para que no se piense que yo estaba indebidamente favorecido a causa de mi amistad con el Maestro Monstruwacan, que había cierta justificación para su elección, porque se me había dado aquel extraño don de escuchar, que llamábamos Audición Nocturna; aunque esto no era sino un nombre de fantasía, y de poco significado. Entonces el don peculiar era raro, y en todos los millones de personas de la Pirámide, no había nadie con el don en grado sumo, excepto únicamente yo mismo.
Y yo, a causa de este don, podía escuchar las "invisibles vibraciones" del Éter; de modo que, sin escuchar el llamado de nuestros instrumentos de grabación, yo podía recibir los mensajes que venían continuamente a través de la oscuridad eterna; sí, aun mejor que ellos. Y ahora, puede ser mejor comprendido por lo que he contado, que yo había crecido para escuchar una voz que no había hablado en mis oídos durante una eternidad, y entonces cantó dulce y claro en los sueños de mi memoria; de modo que me pareció que Mirdath la Hermosa dormía dentro de mi alma, y me murmuraba desde más allá de todas las edades.
Y entonces, un día, a las quince horas, cuando comienza el Tiempo de Dormir, yo había estado meditando acerca de este amor mío que vivía conmigo todavía; y maravillándome que la memoria de mis sueños contuviera la voz del amor que había estado en una edad tan remota. Y cavilando y ensoñando así, como puede hacerlo un joven, podía imaginar a mi Amada perdida en los eones que estaba susurrando con dulzura en mis oídos, en verdad; pues tanto se había aclarado mi memoria, y así había yo cavilado mucho tiempo.
Y Oh! como estaba de pie, escuchando y comunicándome con mis pensamientos, me estremecí súbitamente, como si yo hubiera sido herido; pues afuera en la totalidad de la Eterna Noche un susurro estaba estremeciendo y estremeciéndose sobre mi mas sutil escucha.
A través de cuatro largos años había yo escuchado, desde ese despertar en la tronera, cuando era apenas un joven de diecisiete años; y ahora fuera de la oscuridad del mundo y de todos los años Eternos de aquella vida perdida, ya que ahora vivo en esta Era presente nuestra, fue el susurro que llegó; pues lo supe en aquel instante; y entonces, porque yo había sido enseñado con sabiduría, no respondí con un nombre; sino que envié la Palabra Maestra a través de la noche--enviándola con mis elementos cerebrales, como pude, como pudiera ser todo, mucho o poco, como fuese, si ellos no eran idiotas. Y, además, yo sabía que si ella era quien había llamado silenciosamente tendría el poder de escuchar sin instrumentos, si en verdad fuese ella; y si fuera una de las falsas llamadas de las Fuerzas Malignas, o de los más astutos Monstruos, o como algunas veces se pensaba concerniente a estas llamadas, un llamado proveniente de la Casa del Silencio, entrometiéndose con nuestras almas, entonces ellos no tendrían poder para pronunciar la Palabra Maestra; pues esto se había demostrado a través de toda la Eternidad.
Y Oh! estaba yo de pie, temblando y esforzándome en no estar tenso, lo que destruye la receptividad, cuando vino estremeciéndo y rondándo mi esencia espiritual el latido de la Palabra-Maestro, golpeando firmemente en la noche, como lo hace ese maravilloso sonido. Y entonces, con todo lo que era dulce en mi espíritu, yo llamé con mis elementos cerebrales: "Mirdath! Mirdath! Mirdath!" y en ese instante el Maestro Monstruwacan entró en esa parte de la Torre de Observación, donde yo estaba parado; y, viendo mi semblante, se quedó parado muy en silencio; pues aunque él no tenía el poder de Audición Nocturna, él era sabio y reflexivo, y tomaba muy en cuenta mi don; además, él había venido del Instrumento Receptor, y aunque vagamente había captado el latido de la Palabra-Maestro, aunque muy débil para llegar apropiadamente a través del Instrumento, de modo que él me buscó, puesto que yo, quien tenía la Audición, podría escuchar por él, estando yo, como él decía, dotado con ese don.
Y a él le conté algo de mi historia y de mis pensamientos y mi memorias, y de aquél despertar; y así hasta el suceso presente, y él prestó atención con simpatía y con un preocupado y admirado corazón; porque en esa edad un hombre podría hablar cuerdamente sobre aquello que, en esta edad nuestra sería tratado como tontería y tal vez como las respiraciones de la insanidad; pues allí por el refinamiento de las artes de la mente y los resultados de extraños experimentos y la realización del conocimiento, los hombres eran capaces de concebir los asuntos ahora cerrados a nuestras concepciones, así como los de estos días puedan posiblemente prestarse calmadamente a escuchar, que en los días de nuestros padres hubiera sido seguramente como un cuento de lunáticos. Y esto es muy claro.
Y todo el tiempo que yo conté mi historia, escuchaba con mi espíritu; pero excepto por un sentido desvanecimiento, la risa feliz que me envolvió, no escuché nada. Y nada más en todo ese día.
Aquí déjenme explicar que, a raíz de mis recuerdos y semirecuerdos, disputé repetidamente con nuestros hombres; dudando ellos acerca de la verdad de aquella antigua historia de los Días de Luz, y la existencia del Sol; aunque algo de todo esto fue explicado, como verdadero, en nuestros registros más antiguos; pero yo, recordando, les conté muchas historias que les parecieron cuentos de hadas a ellos, y que entraron en sus corazones, aun mientras yo preocupaba sus cerebros, pues rehusaban tomar seriamente y como verdadero aquello que sus corazones aceptaban gratamente, al igual que recibimos la maravilla de la poesía dentro de nuestras almas.
Pero el Maestro Monstruwacan no escucharía nada de lo que tenía para contar; sí! aunque hablé durante horas; y así sería, raras veces, que habiendo hablado mucho, deslizando mis historias desde mi Memoria de mis sueños, volvería otra vez al presente de aquél futuro; y Oh! todos los Monstruwacans habían dejado sus instrumentos y observaciones y registros, y se habían reunido alrededor mío; y el Maestro estaba en tan inmerso interés que él no los había descubierto; ni yo lo había notado, estando tan lleno de las cosas que habían sido.
Pero cuando el Maestro regresó al conocimiento de aquel presente, se recobró y protestó, y ellos, todos los inferiores, volaron velozmente y culpablemente a sus diversas tareas; y entonces, tal como había pensado desde entonces, cada uno con un embarrado y desconcertado y reflexivo aire sobre él; y hambrientos estaban por más, y aun se preguntaban y hacían preguntas acerca de eso.
Y así fue también con aquellos otros--aquellos instruidos que no eran de la Torre de Observación, y que descreían aun mientras ellos tenían hambre. Ellos escucharían, aunque yo hablé desde la primer hora, lo que era el “amanecer” hasta la hora quince, que era el principio de la “noche”; pues el Tiempo de Dormir fue establecido de esa manera, luego de otro uso y experimento. Y, en raros momentos, hallé que había entre ellos, hombres de extraordinario conocimiento que sostuvieron mis dichos como historias verdaderas; y así hubo una facción; pero, más tarde, hubo muchos más que creyeron; y ya sea que lo creyeran, o no, todos estaban listos para escuchar; de modo que yo hubiera podido pasar mis días en conversación; únicamente que yo tenía mi trabajo para hacer.
Pero el Maestro Monstruwacan creyó desde el principio, y fue sabio siempre para comprender; de modo que yo lo quería por esto, como por muchas otras cualidades apreciadas.
Y así, tal como fue concebido, entre todos esos millones yo fui identificado y reconocido; pues las historias que yo contaba se esparcieron a través de mil ciudades; y, en un momento, en la grada más baja de los Campos Subterráneos, cien millas en lo profundo de la Tierra debajo del Reducto, hallé que los mismos aradores sabían algo relativo a mis narraciones; y se reunían alrededor mío una y otra vez cuando el Maestro Monstruwacan y yo bajábamos, para tratar algún asunto que tenía que ver con la Corriente Terrestre y nuestros instrumentos.
Y de los Campos Subterráneos (aunque en aquella edad no los llamábamos más que "Los Campos") explicaré un poco; pues ellos eran el trabajo más poderoso de este mundo; de modo que aún el Último Reducto era apenas una cosa pequeña al lado de ellos.
A cien millas de profundidad se extiende el más profundo de los Campos Subterráneos, y eran cien millas de lado a lado, en toda dirección; y sobre él había trescientos seis campos, cada uno menor en área que el que le precedía; y en esta forma se iban achicando, hasta que el campo más alto que se extiende directamente debajo del piso más bajo del Gran Reducto, tenía solo cuatro millas a cada lado.
Y así se podrá ver que estos campos, estando uno debajo del otro, formaban una potente e increíble Pirámide de Tierras de Labranza en lo profundo de la Tierra, cien millas desde la base hasta el campo más alto.
Y el total estaba acorazado a los lados con el metal gris del cual el Reducto estaba construido; y cada campo estaba sostenido con pilares, y colocado debajo del suelo, con este mismo compuesto de maravilla; y así fue asegurado, y los Monstruos no podían cavar en aquel poderoso jardín desde ningún lado.
Y toda aquella Tierra Subterránea estaba iluminada, donde se necesitaba, por la Corriente Terrestre, y esa misma corriente de vida hacía fructificar el suelo, y daba vida y savia a las plantas y a los árboles, y a cada arbusto y cosa natural.
Y la construcción de esos Campos había tomado tal vez un millón de años, y el "basural" había sido lanzado dentro de la "Grieta" de donde venía la Corriente Terrestre, y que tenía su fondo más allá de todo sondeo. Y este País Subterráneo tenía sus propios vientos y corrientes de aire; de modo que, según recuerdo, no estaba de ninguna manera conectado a los monstruosos conductos de aire de la Pirámide; pero en esto puedo estar equivocado; pues no se me ha dado a mí conocer todo lo que puede ser conocido concerniente a ese inmenso Reducto; ni por ningún hombre podría tal conocimiento ser alcanzado.
Entonces allí había unos anuncios de promoción atinados y con justicia para visitar ese País Subterráneo, lo sé; pues saludables y dulces ellos eran, y en los campos de maíz estba el dulce susurro del grano, y la contenta, sedosa risa de las amapolas, todo debajo de una cálida y feliz luz. Y aquí, millones caminaban y tomaban excursiones, e iban ordenadamente o no, tal como en estos días.
Y todo esto he visto, y la conversación de mil amantes en los jardines de ese lugar, vuelve a mí; y con esto todo el recuerdo de mi amada; y de una débil llamada que pareciera susurrar alrededor mío a veces; pero tan débil y atenuada, que aun yo, que tenía la Audición Nocturna, no podía captar su significado; y así fui, escuchando siempre de la manera más atenta. Y muchas veces llamando.
Ahora había una Ley en la Pirámide, correcta y saludable, que sostenía que ningún hombre tendría libertad para aventurarse en la Tierra de la Noche, antes de la edad de veintidós años; y nunca una mujer. Entonces era que, tras tal edad, si un joven deseaba gratamente hacer la aventura, él recibiría tres instrucciones sobre los peligros del cual nosotros teníamos conocimiento, y se le daría una estricta cuenta de las mutilaciones y cosas horribles hechas a aquellos que así se habían aventurado. Y si, tras habérsele comunicado esto, él aun lo deseaba, y si él fuera considerado saludable y sano; entonces se le permitiría a él hacer la aventura; y era un honor considerable para el joven que pudiera añadir al conocimiento de la Pirámide.
Pero a todos los que se aventuraban en el peligro de la Tierra de la Noche, se les ponía debajo de la piel del lado interior del antebrazo izquierdo, una pequeña cápsula, y cuando la herida se había curado, entonces podía el joven hacer la aventura.
Y el motivo de esto, era que el espíritu del joven pudiera ser salvado, si fuera atrapado; pues entonces, por el honor de su alma, debía morder la cápsula, e inmediatamente su espíritu tendría seguridad en la muerte. Y por esto se conocerá algo del sombrío y horrible peligro de la Tierra Oscura.
Y esto debo explicar porque más tarde tuve que hacer una enorme aventura en aquellas Tierras; y aun en esta época, algún pensamiento del mismo había venido a mí; pues siempre estuve escuchando por esa llamada silenciosa; y dos veces envié la Palabra-Maestra solemnemente con un dolor punzante a través de la Eterna Noche; entonces no hice más esto, sin certeza; pues la Palabra no debe ser usada ligeramente . Pero con frecuencia diría con mis elementos cerebrales "Mirdath! Mirdath!"--enviando el nombre fuera hacia la oscuridad; y así muchas veces me parecería escuchar el débil estremecimiento del Éter alrededor mío; como si alguien respondiera; pero débilmente, como si fuera con un debilitado espíritu, o por medio de un instrumento que careciera de su fuerza-terrestre.
Y de ese modo, por mucho tiempo no hubo certeza; sino que únicamente una extraña ansiedad y no una clara respuesta.
Entonces, un día estaba yo de pie cerca de los instrumentos en la Torre de Observación, cuando a las trece horas vino el estremecimiento del Éter sacudiendo todo alrededor mío, como si fuera que todo el vacío estuviera perturbado. Y yo hice el Signo de Silencio; de modo que los hombres no se movían en todas las Torres; sino que me incliné sobre sus campanas de respiración, para que toda perturbación pudiera cesar.
Y otra vez llegó el suave estremecimiento, y se expandió en una clara llamada en voz baja en mi cerebro; y la llamada era por mi nombre --el antiguo nombre terrestre de este día, y no el nombre de aquella edad. Y el nombre me impactó, con un atemorizamiento de memorias despertadas recientemente. E, inmediatamente, envié la Palabra-Maestra hacia dentro de la noche; y todo el Éter estuvo lleno de movimiento. Y se hizo un silencio; y más tarde se sintió un latido lejano en el vacío de la noche, que únicamente yo en todo ese Gran Reducto podía escuchar, hasta que las más pesadas vibraciones llegaron. Y en un momento hubo todo alrededor mío el latido de la Palabra-Maestra, resonando en la noche una respuesta segura. Entonces, antes de esto supe que Mirdath me había llamado; pero ahora tenía la seguridad.
E inmediatamente, yo dije "Mirdath," haciendo uso de los instrumentos; y vino una dulce y hermosa respuesta; pues fuera de la oscuridad se había hurtado un viejo nombre de amor, que ella únicamente había usado conmigo.
Y, en un momento, me acordé de los hombres, y les hice señas para que ellos continuaran; pues los Registros no debían interrumpirse; y ahora yo tenía la comunicación plenamente establecida.
Y cerca mío estaba el Maestro Monstruwacan, quietamente como cualquier joven Monstruwacan, esperando con una lapicera para tomar cualquier nota que fuera necesaria; y manteniendo un estricto ojo sobre los demás; pero no desagradablemente. Y así, por un período de maravilla , yo había dialogado con esa mujer que estaba fuera en la oscuridad del mundo, quien tenía conocimiento de mi nombre, y del antiguo nombre terrestre amoroso, y se había llamado a sí misma Mirdath.
Y mucho le pregunté, y en un momento sentí una gran consternación; pues me pareció que su nombre no era verdaderamente Mirdath; sino Naani; ni que ella conocía mi nombre; sino que en la biblioteca de ese lugar donde ella moraba, había existido una historia de alguien llamado por mi nombre, y ella llamó usando ese dulce nombre amoroso que había enviado algo rudamente hacia la noche; y el nombre de la mujer había sido Mirdath; y cuando por primera vez ella, Naani había llamado, había regresado a ella un llanto de Mirdath, Mirdath; y esto le había parecido tan extrañamente de aquella antigua historia que había permanecido en su memoria; que ella había respondido como la Doncella en ese libro podría haber respondido.
Y así parecía que el completo Romance del Amor de mi Memoria había desaparecido, y yo quedé extrañamente perturbado por la tristeza del amor de mis antiguos tiempos. Entonces, aun entonces me maravillé que ningún libro tuviera una historia así tanto como la mía; sin prestar atención que la historia de todos los amores está escrita con única pluma.
Entonces, aun entonces en esa hora de mi extraño, y curiosamente tonto dolor, ocurrió una cosa que me hizo estremecer; aunque mucho después, cuando me puse a pensar de nuevo sobre eso. Pues la muchacha que me habló a través de la noche preguntó porqué mi voz no era más profunda; entonces de forma silenciosa, y como alguien que dice algo, apenándose escasamente lo que ellos dicen.
Pero aún a mí entonces, vino una súbita esperanza; pues en los días antiguos de esta Era presente mi voz había sido muy profunda. Y yo le dije a ella que tal vez el hombre en el libro se dijera haber tenido un tono profundo de habla; pero ella, aparentemente contrariada, no dijo nada; y así le hice más preguntas; pero no obtuve nada sino únicamente para problemas de su memoria y entendimiento.
Y extraño debe parecer que nosotros dos habláramos sobre asuntos tan triviales, cuando había tanto más que necesitábamos intercambiar sobre nuestros pensamientos; pues donde un hombre en este día presente pudiera hablar con esos que pudieran vivir dentro de ese rojo planeta de Marte en el cielo, rara sería la maravilla de eso exceder la maravilla de una voz humana viniendo a través de la noche hasta el Gran Reducto, fuera de toda esa perdida oscuridad. Pues, en verdad, esta debe haber sido la ruptura de, tal vez un millón de años de silencio.
Y ya, como vine a saber más tarde, estuvieron las noticias esparciéndose de Ciudad a Ciudad a través de toda la inmensa Pirámide; de modo que el Noticiero-Horario estuvo lleno de noticias; y cada Ciudad estaba ardiente y excitada, y esperando. Y yo fui mejor conocido en ese preciso instante, que en toda mi vida antes. Pues esa llamada previa, había sido sino vagamente registrada; y luego puesto en la cuenta de una naturaleza, que voló fácilmente mediante alas espirituales de la semi memoria de los sueños. Aunque es en verdad , como he explicado antes de esto, que mis historias concerniente a los primeros días del mundo, cuando el sol era visible, y lleno de luz, se habían difundido a través de todas las ciudades, y había muchos comentarios y exposiciones en el Noticiero-Horario, y era causa para hablar y argumentar.
Ahora concerniente a la voz de esta muchacha yendo hacia nosotros a través de la oscuridad del mundo, yo dispondría lo que ella tuviera que decir; y esto, en verdad, no hizo más que verificar las historias de nuestros más antiguos Registros, que habían sido tratados tanto tiempo muy ligeramente: Hubo, parecería, en algún lugar ahí fuera en la solitaria oscuridad de las Tierras Exteriores, pero a qué distancia nadie podía descubrir, un segundo Reducto; ese era una Pirámide moderadamente pequeña; no teniendo más que una milla de altitud, y apenas tres cuartos de una milla a lo largo de las bases.
Cuando este Reducto fue primeramente construido, había sido sobre la playa lejana de un mar, donde ahora no había mar; y había sido levantado por esos humanos errantes que habían crecido cansados de vagabundear, y cansados del peligro de la noche atacados por las tribus de Monstruos semi-humanos que comenzaron a habitar la Tierra aun tan temprano como los días cuando la media-oscuridad estaba sobre el mundo. Y él había concebido el plan sobre la cual estaba construido, pues fue uno que había visto el Gran Reducto, habiendo vivido allí en el principio, pero que escapó a causa de una corrección que se le puso por su espíritu de irresponsabilidad, que le había hecho ocasionar disturbios entre los ordenados en la más ciudad inferior del Gran Reducto.
Entonces, al tiempo, él también hubo de ser domado por el peso del temor de las siempre crecientes hordas de Monstruos, y las Fuerzas que había fuera. Y así él, siendo un Maestro del Espíritu, planeó y construyó el Reducto más pequeño, siendo ayudado allí por cuatro millones, que también estaban cansados del hostigamiento de los Monstruos; pues hasta entonces habían sido vagabundos, debido a la inquietud de su sangre.
Y ellos habían elegido ese sitio, porque allí ellos habían descubierto una señal de la Corriente Terrestre en un gran valle que conducía a la playa; pues sin la Corriente Terrestre ningún Refugio podría haber existido. Y mientras muchos construyeron y custodiaban, y cuidaron por el Gran Campamento en el cual todos vivían, otros trabajaron dentro de un gran columna; y en diez años habían hecho esto hasta la distancia de muchas millas, y con eso ellos se conectaron con la Corriente Terrestre; pero no era un gran caudal; aunque entonces era suficiente, como se creía.
Y, en un momento, tras muchos años, ellos habían construido la Pirámide, y tomado su Refugio allí, y construido instrumentos, y ordenado Monstruwacans; de modo que ellos habían hablado diariamente con la Gran Pirámide; y así por muchas largas edades.
Y la Corriente Terrestre entonces comenzó a fallar; y aunque ellos trabajaron a través de muchos miles de años, ellos no obtuvieron un mejor recurso. Y así fue como ellos cesaron de tener comunicación con el Gran Reducto; pues la corriente carecía de poder para hacer funcionar los instrumentos; y los instrumentos de registro cesaron de ser sensibles a nuestros mensajes.
Y después transcurrió un millón de años, tal vez de silencio; con el siempre nacimiento y casamiento y muerte de aquellos humanos solitarios. Y ellos crecieron menos; y así se debió esto a la disminución de la Corriente Terrestre, que medraba lentamente a través de las centurias de aquella Eternidad.
Y una vez en mil años, tal vez uno entre ellos sería Sensitivo, y capaz de escuchar más allá de lo común; y para estos, a veces, les habría parecido sentir el estremecimiento del Éter; de modo que tales personas seguirían escuchando; y algunas veces captando aparentemente medios mensajes; y así se despertó un gran interés en todas las Ciudades; y había revisión de antiguos Registros, y muchas palabras y escrituras, e intentos de enviar la Palabra-Maestra a través de la noche; en lo cual, indudablemente algunas veces ellos tuvieron éxito; pues hubo anotaciones en los Registros del Gran Reducto en ciertas ocasiones sobre los cuales había venido la llamada de la Palabra-Maestro, que habían sido acomodados y hecho santos entre los dos Reductos en los días primeros de aquella segunda vida de este mundo.
Entonces, ahora por cien mil años, no había existido ningún Sensitivo; y en ese tiempo la gente de la Pirámide se había vuelto no más que diez mil; y la Corriente Terrestre era débil e impotente para poner el juego de la vida en ella; de modo que ellos languidecían; pero no les parecía extraño, a causa de tantos eones de su uso.
Y entonces, para maravilla de todos, la Corriente Terrestre había brotado con un nuevo poder; de modo que los jóvenes cesaron de envejecer rápidamente; y hubo felicidad y un gozo en el vivir; y un extraño nacimiento de niños, tal como no había sido a través de medio millón de años.
Y entonces vino un nuevo suceso. Naani, la hija del Maestro Monstruwacan de aquel Reducto había mostrado a todos que ella era Sensitiva; pues ella había percibido extrañas vibraciones flotando en la noche; y concerniente a ello le dijo a su padre; y en un momento, porque su sangre se movía renovada en sus cuerpos, ellos tenían una corazonada para descubrir los planes de los antiguos instrumentos; pues los instrumentos hacía rato que estaban herrumbrados, y habían sido olvidados.
Y así ellos construyeron un nuevo instrumento para emitir un mensaje; pues ellos no tenían memoria en ese momento que los elementos cerebrales tenían poder para hacer eso así; aunque, tal vez, sus elementos cerebrales estaban debilitados, a través de tantas edades de consumición de la Corriente Terrestre, y podría no haber obedecido, aun cuando sus Maestros conocieran todo lo que nosotros los del Gran Reducto sabíamos.
Y cuando el instrumento estuvo terminado, se le dio a Naani el derecho de llamar primera a través de la oscuridad para descubrir si en verdad, tras ese millón de años de silencio, ellos estaban entonces acompañados sobre esta Tierra, o si ellos estaban en realidad solitarios--los últimos pocos miles de los Humanos.
Y una grande y dolorosa excitación vino sobre la gente de la Pirámide Menor; pues la soledad del mundo los oprimía; y para ellos era como si nosotros en esta edad habláramos a una estrella a través del abismo del espacio.
Y a causa de la excitación y dolor del momento, Naani llamó únicamente vagamente con el instrumento en la oscuridad; y Oh! en un momento, como pareció, vino todo alrededor de ella en la noche la solemne palpitación de la Palabra-Maestro, resonando en la noche. Y Naani gritó que ella tuvo respuesta, y, como se pensó, mucha gente lloró, y algunos oraron, y algunos quedaron en silencio; pero otros le imploraron que ella llamara otra vez y rápidamente para tener otra habla con aquellos de su tipo.
Y Naani pronunció la Palabra-Maestra hacia lo profundo de la noche, y directamente vino una llamada todo alrededor de ella: "Mirdath! Mirdath!" y la extraña maravilla de eso hizo silencio un instante; pero cuando ella hubo replicado, el instrumento había cesado de funcionar, y ella no había podido tener otro diálogo en ese momento.
Esto, como se pensó, ocasionó mucha angustia; y constantemente trabajaron entre el instrumento y la Corriente Terrestre, para descubrir la razón de esta falla; pero no pudieron por mucho tiempo. Y en ese tiempo, a menudo Naani oía la llamada de "Mirdath" estremeciéndose cerca de ella; y dos veces vino el solemne latido de la Palabra-Maestro en la noche. Entonces no tenía ella el poder para responder. Y todo ese tiempo, como supe más tarde, estuvo ella agitada con una extraña dolencia al corazón por la voz que llamó "Mirdath!" como si pudiera ser el Espíritu de Amor, buscando a su compañera; pues esto es como ella lo expresó.
Y así aconteció, que el constante estremecimiento de este nombre cerca de ella, despertó en su memoria de un libro que ella había leído en los primeros años, y solo comprendido a medias; porque era antiguo, y escrito en un modo antiguo, y él explicaba el amor de un hombre y una doncella, y el nombre de la Doncella era Mirdath. Y así, porque estuvo ella completamente consciente de este gran despertar de aquellas épocas de silencio, y la llamada de aquel nombre, ella halló el libro otra vez, y lo leyó muchas veces, y fue comprendiendo el sentido del amor de la belleza de aquella historia.
Y, en un momento, cuando el instrumento estuvo funcionando, ella llamó hacia lo profundo de la noche pronunciando el nombre de aquel hombre dentro del libro; y así fue como vine a lo que yo había esperado tanto; entonces aún ahora estaba yo extrañamente inseguro sin cesar de tener esperanza.
Y hay otra cosa más que aclararé. Muy a menudo escuché un estremecimiento de una dulce, débil risa cerca mío, y la conmoción del Éter por palabras demasiado suaves para llegar con claridad; y de esto no tuve dudas que procedían de Naani, usando sus elementos cerebrales involuntariamente y en ignorancia; pero muy ardiente al responder a mis llamadas; y no teniendo conocimiento de eso, apartado a través de la negrura del mundo, ellos me conmovieron, constantemente.
Y luego Naani aclaró todo lo que yo había explicado concerniente al Refugio Menor, ella dijo además cómo ese alimento no era completo con ellos; aunque, hasta que el redespertar de la Corriente Terrestre, ellos habían estado desconociendo este, siendo de poco apetito, y cuidándose poco por nada; pero ahora que estaban despiertos, y hambrientos nuevamente, ellos saboreaban una falta de gusto en todo lo que ellos comían; y esto nosotros podríamos concebir bien, de nuestros razonamientos y teoría; pero felizmente no de nuestro conocimiento.
Y les dijimos a ellos, que la tierra había perdido su vida, y los cultivos de allí no eran vitales; y mucho tiempo le tomaría a la Tierra dentro de su Pirámide recibir otra vez los elementos de la vida. Y nosotros les dijimos ciertas maneras por las cuales ellos podrían traer más rápido vida a la tierra; y esto estuvieron ardientes para hacer, estando vivos nuevamente tras tan largo tiempo de vivir a medias.
Y ahora, ustedes deben saber que en todo el Gran Reducto la historia fue conocida velozmente, y fue publicada en todas las Gacetillas, con muchos comentarios; y las bibliotecas se llenaron de quienes querían investigar los antiguos Registros, que por tanto tiempo había sido olvidado, o tomado, como nosotros de estos días diríamos, con una pizca de sal.
Y todo el tiempo fui molestado con preguntas; de modo que, si no me hubiera puesto firme, raramente hubiese podido dormir; además, tanto se escribió cerca mío, y mi poder para escuchar, y diversas historias relativas a historias de amor, que había visto crecer asombrado de las notas de todo esto; entonces tomé algunas notas, y mucho encontré placentero; pero algunas no tanto.
Y, por el resto, yo no era mimado, como se decía; pues yo hacía mi trabajo ; además, yo estaba siempre ocupado escuchando, y teniendo conversación a través de la oscuridad. Aunque si alguno me vio así, ellos me preguntarían; y a raíz de esto, me quedé mucho en la Torre de Observación, donde estaba el Maestro Monstruwacan, y una mayor disciplina.
Y luego comenzó un nuevo asunto; aunque con un viejo truco eficaz; pues yo hablé ahora de los días que siguieron a aquella reapertura de conversación entre las Pirámides. A menudo palabras vendrían a nosotros desde fuera de la noche; y habría historias de las grandes necesidades del Reducto Menor, y llamadas de auxilio. Entonces, cuando envié la Palabra-Maestra hacia el exterior, no hubo respuesta. Y así yo temí que los Monstruos y Fuerzas del Mal lo supieran.
Entonces, a veces, la Palabra-Maestra nos respondía, golpeando firmemente en la noche; y cuando nosotros preguntamos nuevamente, supimos que ellos en el Reducto Menor habían recibido el latido de la Palabra-Maestro, y así pudieron darles respuesta; aunque ni habían sido ellos quienes habían hecho la previa llamada, la cual buscamos testear mediante la Palabra. Y entonces ellos corroborarían de todo lo que había sido dicho tan astutamente; de modo que supimos que los Monstruos y Fuerzas habían buscado tentar a algunos de la seguridad del Reducto. Entonces, esto no era una cosa nueva, como lo he sugerido; excepto que creció ahora con una mayor persistencia, y hubo una odiosa astucia en el uso de este nuevo conocimiento para la construcción de malvados y falsos mensajes por aquellas cosas diabólicas de la Tierra de la Noche. Y se nos dijo, como lo he puntualizado, cómo es que aquellos Monstruos y Fuerzas tenían una total comprensión del habla entre las Pirámides; entonces ellos no podían tener poder para decir la Palabra Maestra; de modo que nosotros hicimos varias pruebas, y una manera para asegurar el conocimiento de lo que se había hablado en la noche.
Y todo lo que yo he dicho traería a aquellos de esta época algo del entonces inconcebible terror de aquella; y un quieto y sano agradecimiento a Dios, ya que no hemos sufrido como la humanidad sufrirá entonces.
Pero por todo esto, no se piense que los de aquella Edad se considerasen como sufriendo; sino que no más que lo usual de la existencia humana. Y por esto podemos saber que podemos enfrentar todas las circunstancias, y darnos a ellas y vivir a través de ellos sabiamente, si fuésemos prudentes y considerásemos formas de invención.
Y a través de toda la Tierra de la Noche hubo un extraordinario despertar entre los Monstruos y Fuerzas; de modo que los instrumentos daban cuenta constantemente de más grandes poderes trabajando allí fuera en la oscuridad; y los Monstruwacans estaban ocupados registrando, y manteniendo una observación muy estricta. Y así fue en todo ese tiempo un sentido de diferencia y despertar, y de maravillas presentes, y por venir.
Y desde el País de Donde Viene la Gran Risa, la Risa sonaba constante . . . como si fuera un incómodo y agitado corazón vociferando y arrollando desde allí sobre las Tierras, fuera del Este desconocido. Y el Hoyo del Humo Rojo llenaba todo el Valle Profundo con color rojo, de modo que el humo se levantaba sobre el borde, y ocultaba las bases de las Torres sobre el lado más alejado.
Y los Gigantes podían ser vistos a pleno alrededor de los Hornos hacia el Este; y desde los Hornos grandes emisiones de fuego; aunque el sentido de esto, como de todo lo demás, no lo podríamos decir; sino que únicamente la causa.
Y de la Montaña de la Voz, que se levanta hacia el Sud-Este del Mirador Sud-Este, y del cual no he hablado hasta ahora, en esta defectuosa explicación, escuché por primera vez en esa vida, la llamada de la Voz. Y aunque los Registros hacían mención de eso; entonces no se lo escuchaba con frecuencia. Y la llamada era aguda, y muy peculiar y angustiosa y horrible; como si una mujer-gigante, hambrienta extrañamente, gritara palabras desconocidas a través de la noche.
Y esto fue lo que me pareció; y puede ser que esto describa el sonido.
Y, por todo esto, puede uno darse cuenta cómo esa tierra fue despertada.
Y otros trucos hubo para seducirnos en la Tierra de la Noche; y una vez llegó una llamada vibrando en el Éter, y nos dijo que ciertos humanos habían escapado desde el Reducto Menor, y se acercaban a nosotros; pero que estaban faltos de alimentos, y pedían auxilio. Entonces, cuando nosotros enviamos la Palabra-Maestra hacia lo profundo de la noche, las criaturas del exterior no pudieron responder; lo cual fue algo muy feliz para nuestras almas; pues nosotros habíamos sido total y poderosamente conmovidos en nuestros corazones por este mensaje; y ahora estaba la prueba de que no fue sino una trampa.
Y constantemente, y a todas horas, yo hablaba con Naani del Reducto Menor; pues yo le había enseñado cómo ella podría enviar sus pensamientos a través de la noche, con sus elementos cerebrales; pero no sobre utilizar este poder; pues deja exhausto el cuerpo y los poderes de la mente, si se abusara por un uso excesivo.
Entonces, a pesar de que yo le había enseñado el uso de sus elementos cerebrales, ella envió su mensaje siempre sin fuerza, excepto cuando ella había usado el instrumento; y esta fue la causa por la que ella no tenía la fuerza saludable necesaria; pero, además de esto, ella tenía la Audición Nocturna muy aguda; aunque menos que la mía.
Y así, con muchas conversaciones, y decirnos constantemente acerca de nuestros quehaceres y pensamientos, nos acercamos en espíritu el uno al otro; y tuvimos siempre un sentimiento en nuestros corazones de que nos habíamos conocido previamente.
Y esto, como se pensó, estremeció mi corazón muy extrañamente.
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